La Campaña de las Islas Marianas y Palaos, desarrollada entre junio y noviembre de 1944, representó el punto de no retorno en la Guerra del Pacífico, un salto estratégico monumental que llevó a los Estados Unidos al umbral mismo del Japón metropolitano y quebró definitivamente la capacidad ofensiva de la Armada Imperial Japonesa.
Esta vasta y compleja operación anfibia, que englobó las batallas de Saipán, Tinian, Guam y Peleliu, no fue solo una lucha por la conquista de territorios, sino una campaña diseñada para lograr dos objetivos estratégicos supremos.
Establecer bases aéreas inconquistables para los nuevos bombarderos pesados B-29 Superfortress, desde los cuales se podría bombardear el corazón industrial de Japón, y atraer a la flota combinada japonesa a una batalla decisiva de la que no pudiera recuperarse.
El contexto estratégico estaba definido por la implacable estrategia de "salto de islas" del almirante Chester W. Nimitz. Tras asegurar las Islas Marshall, el siguiente paso lógico en la ruta central hacia Japón eran las Marianas, situadas a poco más de 2.000 kilómetros de Tokio.
La captura de Saipán, Tinian y Guam proporcionaría las bases ideales para los B-29. Simultáneamente, la isla de Peleliu, en el archipiélago de Palaos, fue seleccionada para asegurar el flanco sur de la avanzada y neutralizar las potenciales amenazas aéreas japonesas contra la ruta de regreso de las fuerzas que atacaban Filipinas.
Los japoneses, conscientes del valor crucial de las Marianas, que consideraban parte de su perímetro defensivo interior, elaboraron el Plan A-Go, que pretendía utilizar las guarniciones terrestres como un cebo para atraer a la flota de invasión estadounidense.
Momento en el cual la Flota Móvil del almirante Jisaburo Ozawa, con sus portaviones basados en aguas seguras cerca de Filipinas, lanzaría todos sus aviones contra la Quinta Flota estadounidense del almirante Raymond Spruance, aniquilándola.
La campaña se inició el 15 de junio de 1944 con los desembarcos en Saipán. La lucha en esta isla fue una de las más feroces de la guerra. La guarnición japonesa, compuesta por alrededor de 30.000 soldados, se defendió con una tenacidad fanática desde cuevas, riscos y complejos sistemas de búnkeres.
La batalla se caracterizó por combates casa por casa, cargas banzai masivas (como una que causó 1.000 bajas japonesas en una sola noche) y un sufrimiento terrible para la población civil japonesa, a la que se había adoctrinado para temer la captura por los estadounidenses y que cometió suicidios masivos arrojándose desde los acantilados de Marpi Point.
La conquista de Saipán, declarada segura el 9 de julio, costó alrededor de 14.000 bajas estadounidenses y la aniquilación casi total de la guarnición japonesa. Su pérdida tuvo un impacto político catastrófico en Japón, provocando la caída del gobierno del primer ministro Hideki Tojo.
Mientras la batalla terrestre en Saipán rugía, la flota estadounidense se enfrentó a la esperada contraofensiva naval japonesa en la Batalla del Mar de Filipinas (19-20 de junio de 1944).
Ozawa lanzó oleadas de aviones desde sus portaviones, pero fueron interceptados masivamente por los cazas Hellcat estadounidenses, mejor entrenados y equipados con radar, en lo que los pilotos estadounidenses apodaron el "Gran Tiurkey Shoot de las Marianas" (Gran Cacería de Pavos).
Unos 600 aviones japoneses fueron derribados, una pérdida de pilotos veteranos irremplazable de la que la aviación naval japonesa nunca se recuperó.
Además, los submarinos estadounidenses USS Albacore y USS Cavalla hundieron dos de los portaviones más grandes de Japón, el Taiho (buque insignia de Ozawa) y el Shokaku. La derrota japonesa fue absoluta, sellando el destino de sus guarniciones en las Marianas.
Con la flota enemiga destruida, los estadounidenses procedieron a la conquista de Tinian (24 de julio - 1 de agosto), cuya captura fue notable por su planificación meticulosa y el uso de una playa de desembarco no convencional pero poco defendida, y la reconquista de Guam (21 de julio - 10 de agosto), territorio estadounidense ocupado por Japón en 1941.
La lucha en ambas islas fue dura, pero la superioridad abrumadora en fuego naval y apoyo aéreo aseguró la victoria.
Paralelamente, y de manera más controvertida, se desarrolló la Batalla de Peleliu (15 de septiembre - 27 de noviembre de 1944). El general Rupertus, comandante de la 1ª División de Marines, predijo una victoria rápida, pero subestimó completamente la nueva estrategia defensiva japonesa.
El coronel Kunio Nakagawa, en lugar de defender las playas, construyó un elaborado sistema de más de 500 cuevas interconectadas y búnkeres de hormigón en las imponentes colinas de coral de la isla, particularmente en la cordillera de Umurbrogol.
Esto transformó la batalla en una brutal guerra de desgaste de excavación y demolición, donde los Marines y luego la 81ª División de Infantería del Ejército tuvieron que limpiar cada posición con lanzallamas, granadas y explosivos, sufriendo enormes bajas por el calor, las enfermedades y el fuego de mortero preciso.
La captura de la isla, declarada segura tras dos meses y medio de combates inhumanos, costó unas 9.000 bajas estadounidenses y la casi total aniquilación de los 11.000 defensores japoneses. Muchos historiadores cuestionan su necesidad estratégica, argumentando que el aeródromo de Peleliu tenía un valor limitado para la campaña posterior.
Las consecuencias de la campaña fueron trascendentales. Estratégicamente, cumplió todos sus objetivos: las Marianas se convirtieron en la base de las B-29 Superfortress del XXI Mando de Bombardeo, que iniciaron los bombardeos incendiarios sobre las ciudades japonesas, llevando la guerra directamente al hogar del pueblo japonés.
Operacionalmente, la destrucción de la aviación naval japonesa en el "Great Marianas Turkey Shoot" (Gran Cacería de Pavos) aseguró la superioridad aérea aliada para el resto de la guerra. Psicológicamente, la caída de Saipán conmocionó al liderazgo japonés y los convenció de que la derrota era inevitable, aunque la lucha continuaría con mayor ferocidad.
La Campaña de las Marianas y Palaos fue, por lo tanto, el golpe maestro que colocó a Japón en una posición insostenible, acercando el final de la guerra de manera inexorable.
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