Perspectiva Histórica y Geopolítica: El Pacto que Salvó al Imperio tras la Derrota
El Compromiso Austro-húngaro (Ausgleich en alemán, kiegyezés en húngaro) de 1867 fue un acuerdo constitucional de enorme trascendencia que transformó el Imperio Austriaco, centralizado y absolutista, en la Monarquía Dual de Austria-Hungría.
Lejos de ser una concesión generosa, fue una respuesta desesperada a una crisis existencial: La aplastante derrota militar ante Prusia en la guerra de 1866 había dejado al Imperio Habsburgo al borde del colapso, expulsado de la Confederación Germánica y vulnerable ante las potencias europeas.
El emperador Francisco José I comprendió que necesitaba urgentemente fortalecer su debilitado imperio y que eso solo era posible reconciliándose con los húngaros, cuya hostilidad había sido una constante desde la represión de su revolución de 1848-1849 .
Las negociaciones, que se desarrollaron a lo largo de 1866 y principios de 1867, no fueron un mero trámite, sino un complejo tira y afloja entre dos concepciones antagónicas.
Del lado húngaro, la figura clave fue Ferenc Deák, un estadista pragmático conocido como "el Sabio de la Patria", que lideró a la clase política magiar. Del lado austriaco, el emperador confió la gestión a Friedrich Ferdinand von Beust, un político sajón que había sido rival de Bismarck y que buscaba recomponer la posición internacional del Imperio mediante un acuerdo interno.
Junto a Deák emergió Gyula (Julius) Andrássy, un aristócrata que había sido condenado a muerte en rebeldía por su participación en la revolución de 1848 y que, paradójicamente, se convertiría en el primer primer ministro húngaro tras el Compromiso y más tarde en ministro de Asuntos Exteriores de la Monarquía Dual.
El Compromiso no fue, como a veces se cree, un tratado entre iguales. Jurídicamente, adoptó la forma de una ley húngara (Ley XII de 1867), a la que posteriormente se adhirió el parlamento austriaco (Reichsrat) mediante su propia legislación.
Esta asimetría reflejaba la posición negociadora húngara: Ellos no eran una provincia rebelde, sino un reino histórico con derechos constitucionales propios que habían sido vulnerados. El acuerdo reconocía explícitamente la continuidad jurídica de la constitución húngara anterior a 1848, como si la década de absolutismo hubiera sido un mero paréntesis ilegítimo.
La naturaleza del nuevo estado quedó reflejada incluso en su denominación. Los húngaros rechazaron rotundamente el nombre de "Imperio Austriaco" por considerarlo una expresión de las aspiraciones centralistas de Viena.
También se opusieron a "Imperio Austro-húngaro", pues el término "imperio" sugería una unidad territorial que ellos negaban. Finalmente se adoptó la fórmula ambigua de "Monarquía Austro-húngara" o simplemente "Austria-Hungría".
La frontera entre las dos mitades, simbolizada por el pequeño río Leitha cerca de Viena, se convirtió en una división política real. La parte occidental fue conocida como Cisleitania y la oriental como Transleitania.
Perspectiva Política e Institucional: La Compleja Arquitectura de la Dualidad
El Compromiso creó una estructura política de una complejidad casi laberíntica, con tres niveles de gobierno que debían coexistir y coordinarse, los ministerios conjuntos, el gobierno austriaco en Viena y el gobierno húngaro en Budapest .
Los asuntos comunes se limitaban estrictamente a tres áreas: Política exterior, defensa (ejército y marina) y las finanzas necesarias para sostener ambos.
Para gestionarlos se crearon tres ministerios conjuntos (Exteriores, Guerra y Finanzas), que dependían directamente del monarca, no de los parlamentos.
No existía un parlamento común; en su lugar, las delegaciones de los dos parlamentos (60 miembros cada una) se reunían por separado en Viena y Budapest, comunicándose por escrito y votando anualmente los presupuestos compartidos. Solo en caso de desacuerdo se celebraba una sesión conjunta, pero sin votación conjunta.
El ejército común fue una cuestión particularmente sensible. Francisco José, que había vivido la humillación de 1848-1849 cuando el ejército tuvo que reconquistar Hungría, se mostró inflexible, la unidad del ejército era intocable.
Rechazó tajantemente cualquier intento húngaro de crear unidades separadas con mandos en húngaro o de establecer una milicia nacional independiente. El idioma de mando siguió siendo el alemán, y el juramento de lealtad se prestaba al emperador, no a las constituciones.
Sin embargo, como concesión simbólica, se permitió que las tropas reclutadas en territorio húngaro llevaran la denominación "k.u.k." (kaiserlich und königlich - imperial y real), mientras que las austriacas eran simplemente "k.k." (kaiserlich-königlich - imperial-real) .
La financiación de los asuntos comunes se estableció mediante un sistema de cuotas revisable cada diez años. Inicialmente, la parte más poblada y económicamente desarrollada, Cisleitania (con el 54% de la población en 1870), asumía el 70% de los gastos, mientras que Transleitania contribuía con el 30%.
Esta negociación decenal se convirtió periódicamente en una fuente de tensiones políticas, pero proporcionó una estabilidad fiscal básica.
Cada mitad del Imperio tenía su propio parlamento, su propio gobierno y su propia constitución. En Austria, el Reichsrat (Parlamento) funcionaba bajo la constitución de diciembre de 1867, que establecía derechos civiles básicos.
En Hungría, el Parlamento (Országgyűlés) restauraba la histórica constitución húngara. Ambas mitades tenían plena autonomía en asuntos internos: justicia, educación, agricultura, comercio interior, etc..
En la práctica, el sistema otorgaba al emperador un poder considerable. Como señala un análisis académico, las competencias estaban a menudo definidas de manera imprecisa, lo que permitía a Francisco José, que reinaba en Hungría no como Emperador de Austria sino exclusivamente como Rey Apostólico de Hungría, tener la última palabra en muchas cuestiones, manteniendo así un fuerte papel monárquico.
Perspectiva Social y de las Élites: El Pacto entre la Corona y la Nobleza Magiar
El Compromiso fue, en esencia, un pacto entre dos élites: La dinastía Habsburgo y la nobleza magiar (principalmente la media y alta aristocracia húngara). A cambio de su lealtad y de la estabilización del Imperio, los húngaros recuperaban el control de su propio destino político, pero ese control quedaba en manos de una clase social muy concreta.
La nobleza húngara, que constituía alrededor del 5-6% de la población (un porcentaje inusualmente alto para la época), había liderado la resistencia contra el absolutismo vienés.
Figuras como Gyula Andrássy (que sería primer ministro) o el conde György Apponyi representaban a esta aristocracia que, aunque había participado en la revolución de 1848, era profundamente conservadora en lo social.
Para ellos, el Compromiso era la oportunidad de restaurar su hegemonía política y social en tierras húngaras, amenazada tanto por el absolutismo vienés como por los movimientos democráticos y nacionales de las propias minorías.
La otra gran figura, Ferenc Deák, aunque también perteneciente a la nobleza media, encarnaba un liberalismo más moderado y legalista. Su famoso artículo de Pascua de 1865, donde esbozaba la disposición húngara al compromiso si se restauraba la legalidad constitucional, fue la base sobre la que se construyó el acuerdo.
Deák logró convencer a la mayoría de la clase política húngara de que, tras la derrota de 1866, era el mejor acuerdo posible.
No todos compartían esta opinión: El líder del ala radical independentista, Lajos Kossuth, exiliado desde 1849, denunció el Compromiso desde Turín como una traición a los ideales de 1848, una rendición que sacrificaba la independencia total a cambio de privilegios de clase. Sin embargo, su voz, respetada pero lejana, no pudo impedir el acuerdo.
En Austria, la situación social era diferente. La burguesía liberal alemana, que había impulsado reformas constitucionales, vio en el Compromiso una oportunidad para consolidar un régimen constitucional frente al absolutismo, aunque a costa de ceder ante las demandas húngaras.
Los alemanes de Austria seguían siendo el grupo dominante en Cisleitania, pero ahora debían compartir el poder con los húngaros en el conjunto del Imperio, lo que generó resentimientos en algunos sectores.
Perspectiva Nacional y Étnica: La "Prisión de los Pueblos" y el Problema de las Nacionalidades
El gran talón de Aquiles del Compromiso fue, desde su mismo nacimiento, la cuestión de las nacionalidades no dominantes.
El acuerdo resolvía el conflicto entre alemanes (en Austria) y magiares (en Hungría), pero lo hacía a costa de ignorar y oprimir a checos, polacos, rutenos, eslovenos, croatas, serbios, rumanos, eslovacos e italianos que habitaban el Imperio.
El historiador Oscar Jászi acuñaría más tarde la célebre expresión de la Monarquía Dual como una "prisión de los pueblos" .
En la parte húngara (Transleitania), la situación era especialmente grave. La clase política magiar, una vez obtenida su autonomía, emprendió una política de magiarización forzosa de las minorías.
El Reino de Hungría incluía a rumanos (en Transilvania), eslovacos (al norte), croatas (al sur), serbios (en Voivodina) y rutenos (en el noreste). Según la Ley de Nacionalidades de 1868, todos eran "ciudadanos húngaros" y se reconocía oficialmente el uso de sus lenguas a nivel local, pero en la práctica, el húngaro se impuso como lengua del Estado, la administración y la educación superior.
El Reino de Croacia-Eslavonia obtuvo un estatus especial dentro de Hungría (el "Compromiso Croata-Húngaro" de 1868), con cierta autonomía administrativa y cultural, pero seguía sujeto a la corona de San Esteban y su gobernador (ban) era nombrado desde Budapest.
En la parte austriaca (Cisleitania), la situación era más compleja y, en ciertos aspectos, más tolerante. Los checos, el grupo nacional más numeroso tras alemanes y magiares, habían esperado un reconocimiento similar al de los húngaros, basándose en el "Derecho Estatal Checo".
Su frustración fue enorme, y su boicot inicial al Reichsrat marcó las primeras décadas de la Dualidad. Los polacos en Galicia obtuvieron una amplia autonomía de facto (la "era polaca" en Galicia), lo que los convirtió en aliados del gobierno vienés.
Los eslovenos, italianos (en Trentino y el Litoral) y rutenos (en Galicia oriental) quedaron en una posición subordinada, aunque con mayores libertades lingüísticas y culturales que sus congéneres en Hungría.
Esta asimetría en el tratamiento de las nacionalidades una relativa flexibilidad en Austria frente a una rígida imposición magiar en Hungría se convertiría en una fuente permanente de tensiones y, a la larga, en un factor clave de la desestabilización del Imperio.
El historiador R.W. Seton-Watson, en sus estudios sobre el problema de las nacionalidades a principios del siglo XX, documentó exhaustivamente cómo las políticas magiarizadoras generaban un profundo resentimiento entre eslovacos, rumanos y serbios .
Perspectiva Económica: El Mercado Común Imperial y el Desarrollo Desigual
Económicamente, el Compromiso estableció lo que equivalía a un mercado común entre las dos mitades del Imperio, con una moneda común (la corona, aunque inicialmente se mantuvo el florín), un banco central compartido, y una unión aduanera y comercial que se re-negociaba cada diez años. Esto creó un espacio económico integrado de unos 50 millones de habitantes, el segundo más grande de Europa después de Rusia.
Este marco proporcionó una estabilidad notable para el desarrollo económico de ambas mitades. Austria (Cisleitania) aportaba su industria más desarrollada, sus bancos y su red ferroviaria.
Hungría (Transleitania) contribuía con su potencial agrícola (trigo, ganado, vino) y sus materias primas. La integración económica benefició especialmente a la agricultura húngara, que encontró en el mercado austriaco un cliente seguro y protegido por aranceles frente a la competencia ultramarina. A su vez, la industria austriaca (textil, metalúrgica, maquinaria) dominaba el mercado húngaro.
Sin embargo, este desarrollo fue profundamente desigual en términos territoriales y sociales. Los estudios económicos del período dualista muestran que la industrialización se concentró en Viena, la Baja Austria, Bohemia y Moravia, mientras que grandes regiones de Hungría (como Transilvania o Eslovaquia) permanecieron agrarias y atrasadas.
La propia historiografía húngara reconoce la existencia de "desigualdades espaciales" en el desarrollo durante la era dualista. Budapest emergió como una gran metrópolis, pero el campo húngaro, especialmente en las regiones periféricas y habitadas por minorías, experimentó un progreso mucho más lento.
El sistema de cuotas decenales para financiar los asuntos comunes fue también un foco de tensión económica. Hungría presionaba constantemente para reducir su contribución relativa, argumentando su menor desarrollo, mientras que Austria defendía su mayor aportación.
Aunque el sistema funcionó durante décadas, las negociaciones se volvían cada vez más conflictivas a medida que la economía húngara crecía y reclamaba un peso acorde en la toma de decisiones.
Perspectiva de Memoria y Legado: Una Monarquía de Cincuenta Años entre la Idealización y la Condena
El legado del Compromiso de 1867 es extraordinariamente complejo y ha sido objeto de un debate historiográfico incesante desde su misma firma.
Como señala un análisis académico, la caída de la Monarquía Dual en 1918 dio lugar a una Schuldfrage (cuestión de la culpa) que prolongó durante otros cincuenta años las polémicas comenzadas en 1867 sobre los fundamentos constitucionales del Estado Habsburgo reformado.
Durante su existencia, el sistema dual fue diagnosticado y criticado desde múltiples perspectivas. Los nacionalistas de las minorías (checos, rumanos, eslovacos, serbios, croatas) denunciaron el Compromiso como una alianza de opresores que perpetuaba su subordinación.
Intelectuales como el rumano Aurel C. Popovici propusieron alternativas federales (los "Estados Unidos de la Gran Austria") que nunca prosperaron.
Los socialdemócratas, como el austriaco Karl Renner y el alemán Rudolf Hilferding, analizaron la Monarquía Dual como una estructura anacrónica que obstaculizaba el desarrollo de las fuerzas productivas y las luchas de clases, aunque también exploraron fórmulas de autonomía nacional-cultural dentro de un marco federal.
El gran debate sobre si el Compromiso fue una obra maestra del pragmatismo o una sentencia de muerte para el Imperio dividió a los historiadores ya en el período de entreguerras.
La escuela histórica húngara, especialmente tras el trauma del Tratado de Trianon (1920), tendió a reivindicar el Compromiso como la única fórmula posible que garantizó medio siglo de estabilidad y desarrollo.
Autores como el húngaro Gyula Szekfű defendieron esta visión. En cambio, historiadores de las nacionalidades o sucesores del Imperio, como el checo Kamil Krofta, lo vieron como el origen de todos los males que llevaron a la desintegración.
Un punto de inflexión en la historiografía llegó con la obra del sociólogo húngaro Oscar Jászi, quien en su libro The Dissolution of the Habsburg Monarchy (1929) analizó las fuerzas centrífugas nacionalismo, desigualdad económica, anacronismo político que el Compromiso no hizo sino exacerbar.
Para Jászi, la Monarquía Dual fue incapaz de transformarse en una federación verdaderamente democrática de pueblos libres, y su rigidez dualista aceleró su disolución.
En las últimas décadas, la historiografía ha experimentado un giro revisionista, especialmente desde la perspectiva húngara. Obras colectivas como The Creation of the Austro-Hungarian Monarchy: A Hungarian Perspective (2021) han propuesto desplazar el énfasis desde la inevitable desintegración hacia el análisis de lo que mantuvo unido al Imperio durante medio siglo.
Se destacan los "mecanismos de auto-sostenimiento" que operaron en ambas mitades, a pesar de la manifiesta adversidad hacia el sistema por parte de muchas nacionalidades .
Hoy, el Compromiso Austro-húngaro se estudia no solo como un episodio histórico, sino como un laboratorio de gestión de la diversidad étnica y territorial en un Estado multinacional.
La experiencia de la Monarquía Dual sus logros en términos de estabilidad, desarrollo económico y florecimiento cultural, así como sus fracasos en la integración de las nacionalidades y la democratización ofrece lecciones para los debates contemporáneos sobre federalismo, multi-culturalismo y construcción europea .
Reflexión Final: El Compromiso como Símbolo de una Europa Imposible
El Compromiso Austrohúngaro de 1867 fue, en esencia, un experimento político de enormes proporciones. Intentar mantener un imperio multinacional en el comienzo de la era del nacionalismo mediante una fórmula de poder compartido entre las dos élites dominantes.
Fue una solución a medias, un pacto entre Viena y Budapest que dejó fuera a checos, polacos, rumanos, eslovacos, serbios, croatas, eslovenos, italianos y rutenos.
Su grandeza residió en haber proporcionado medio siglo de estabilidad, paz interior y desarrollo económico a una región de Europa central tradicionalmente convulsa.
Bajo su paraguas, Viena y Budapest se convirtieron en metrópolis culturales de primer orden; la industrialización avanzó; la ciencia, el arte y la música florecieron en un ambiente de relativa libertad. La figura del emperador Francisco José, anciano y venerado, se convirtió en un símbolo de continuidad en un mundo que cambiaba vertiginosamente.
Su tragedia fue haber llegado demasiado tarde y ser demasiado poco. Cuando el nacionalismo se desbocó en las postrimerías del siglo XIX, el sistema dual carecía de la flexibilidad necesaria para integrar las demandas de checos, rumanos o eslavos del sur. Los intentos tardíos de reforma el ensayo del emperador Carlos I en 1917 de federalizar el Imperio fueron papel mojado en medio de una guerra mundial.
El Compromiso creó una entidad que el historiador A.J.P. Taylor describió como un "Estado policial liberal", una contradicción en los términos que reflejaba su naturaleza híbrida.
Era demasiado liberal para satisfacer a los conservadores puros, demasiado autoritario para los demócratas, demasiado centralista para los nacionalistas periféricos y demasiado descentralizado para los partidarios de un Estado fuerte.
Al final, el sistema dual pereció en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, no tanto por sus debilidades internas como por la catástrofe externa que lo desbordó.
Pero su memoria ha perdurado: Como símbolo de una Europa multinacional posible pero fallida, como advertencia sobre los peligros de ignorar las aspiraciones nacionales, y como recordatorio de que los compromisos políticos, por imperfectos que sean, pueden sostener la paz y la prosperidad durante décadas.
En un continente que hoy busca construir su unidad respetando la diversidad, la experiencia de Austria-Hungría sigue siendo un espejo en el que mirarse, con sus luces y sus profundas sombras.

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