La Gran Huelga de 1877 fue mucho más que una disputa laboral en los ferrocarriles. Fue el primer estallido de violencia social a escala nacional en la historia de Estados Unidos, un levantamiento espontáneo y desorganizado que estremeció los cimientos del orden industrial naciente.
No fue simplemente una huelga; fue una insurrección de la clase trabajadora que reveló, de la manera más cruda posible, las profundas fracturas de clase abiertas por el capitalismo industrial y la vulnerabilidad de una nación apenas unificada tras la Guerra Civil.
El detonante inmediato fue brutalmente económico. Sumidos en la Gran Depresión iniciada en 1873, los principales ferrocarriles del país, como el Baltimore & Ohio (B&O) y el Pennsylvania Railroad, anunciaron un segundo recorte salarial drástico en tres años, de hasta un 10%.
Para los trabajadores, ya al borde de la subsistencia, fue la gota que colmó el vaso. El 16 de julio, los fogoneros y guardafrenos del B&O en Martinsburg, Virginia Occidental, abandonaron sus trenes.
Pero la chispa prendió en una pradera seca de resentimiento acumulado: Salarios miserables, condiciones de trabajo peligroso (el "huesero" era el apodo del ferrocarril), el desprecio arrogante de los "barones ladrones" como Jay Gould, y el reemplazo amenazante por parte de trabajadores desesperados, inmigrantes o "rompehuelgas".
La huelga no fue planeada por ningún sindicato nacional (la incipiente Hermandad de Ferrocarrileros trató de contenerla); fue un levantamiento visceral, contagioso y horizontal.
Lo que siguió fue una ola de caos que barrió el país de costa a costa, transformando la huelga en una insurrección popular.
La táctica fue simple y efectiva: Los huelguistas y sus simpatizantes paralizaron físicamente los trenes, desconectando las locomotoras y bloqueando las vías.
En cuestión de días, el movimiento saltó de los operarios a los trabajadores de patios y talleres, y luego a las ciudades industriales.
En Pittsburgh, el corazón de la industria, la milicia local se negó a disparar contra sus vecinos. Cuando llegó la milicia estatal de Filadelfia, una turba de trabajadores de las acerías, mineros y desempleados los enfrentó.
La batalla urbana resultante dejó más de 60 muertos y la quema de la inmensa estación de ferrocarril, la rotonda y cientos de vagones.
El patrón se repitió en Baltimore, Chicago, St. Louis y San Francisco. En St. Louis, durante una semana, los huelguistas y activistas socialistas llegaron a controlar de facto la ciudad, estableciendo un comité ejecutivo que paralizó toda la actividad comercial. El fantasma de la Comuna de París de 1871 parecía haber cruzado el Atlántico.
La respuesta del poder establecido fue una demostración de fuerza coordinada que marcó un precedente trascendental. La huelga reveló la incapacidad de las autoridades locales y estatales para manejar un conflicto de clase nacional.
El presidente Rutherford B. Hayes, bajo intensa presión de los magnates ferroviarios y la prensa que clamaba por "ley y orden", tomó una decisión histórica: desplegar tropas federales del Ejército de los Estados Unidos para sofocar la huelga y restaurar el movimiento de trenes.
Fue la primera vez que el gobierno federal usaba al ejército en masa para romper una huelga, estableciendo un modelo que se repetiría durante décadas. La intervención militar fue decisiva.
Los soldados, muchos de ellos veteranos de la Guerra Civil, no tenían lazos locales y cumplieron las órdenes. Para finales de julio, la insurrección había sido aplastada, con un saldo de más de 100 muertos y miles de heridos y arrestados.
El efecto global y el legado de la Gran Huelga fueron profundos y ambivalentes, moldeando el futuro del movimiento obrero, el estado y el capitalismo estadounidense.
- Para el movimiento obrero: Aunque fue una derrota táctica inmediata, la huelga fue un baustismo de fuego que demostró el poder potencial de la acción colectiva masiva.
Expuso los límites de las hermandades oficiosas y conservadoras, y aceleró la búsqueda de una organización sindical más militante e industrial.
En la siguiente década, crecieron los Sindicatos de Oficios (Trade Unions), y más tarde, movimientos como los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) mirarían a 1877 como un ejemplo de solidaridad de clase espontánea.
- Para el Estado y las empresas: La huelga generó un pánico de clase duradero entre las élites. La respuesta fue una doble estrategia, represión institucionalizada (creación de arsenales estatales de armas fuera de centros obreros, fortalecimiento de las policías locales, uso de detectives privados como los de la Agencia Pinkerton) y control ideológico. Se promovió el nacionalismo patriótico y la narrativa del "progreso" frente al "caos" de la huelga.
- Para la sociedad estadounidense: La huelga puso al descubierto la ficción de la "armonía de intereses" en la América de la Edad Dorada.
Demostró que la Guerra Civil no había resuelto la cuestión social, sino que había creado una nueva: El conflicto entre el capital y el trabajo industrial. En palabras del historiador Philip S. Foner, fue "la primera batalla general en la guerra de clases que caracterizó a la sociedad industrial estadounidense".
En conclusión, la Gran Huelga de 1877 fue un punto de ruptura en la historia estadounidense. Fue el momento en que el país comprendió, de forma traumática, que su destino no sería solo el de una república agraria o una potencia industrial en ascenso, sino también el de una sociedad dividida por conflictos de clase profundos.
Marcó el inicio de la "cuestión obrera" como un problema nacional permanente y definió los términos del conflicto durante el próximo medio siglo: La lucha de los trabajadores por organizarse y tener voz frente a la alianza implacable del capital corporativo y el poder del Estado. No fue el fin de una lucha, sino el ruidoso y violento anuncio de su comienzo.
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