Páginas

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Batalla de Stalingrado


La Batalla de Stalingrado, librada entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, fue el punto de inflexión absoluto y decisivo de la Segunda Guerra Mundial en el Frente Oriental y, por extensión, de todo el conflicto global. 


Más que una simple batalla, fue una colosal lucha de desgaste, un choque titánico de ideologías, voluntades y material bélico en el que se decidió no solo el destino de una ciudad, sino el de la guerra misma. 


Este enfrentamiento épico, que enfrentó a la maquinaria de guerra de la Alemania Nazi y sus aliados del Eje contra la Unión Soviética, trascendió lo militar para convertirse en un símbolo de resistencia, sacrificio y aniquilación, marcando el principio del fin de la expansión alemana y el inicio de la inexorable marcha soviética hacia Berlín.


El contexto estratégico que llevó a la batalla fue la Operación Azul (Fall Blau), la ofensiva de verano de 1942 de la Wehrmacht. Tras el fracaso ante Moscú, Hitler redirigió su esfuerzo principal hacia el sur de la Unión Soviética, con el objetivo estratégico de secuestrar los vastos campos petrolíferos del Cáucaso, en Maikop, Grozni y Bakú, privando así a la URSS de su principal suministro de combustible y asegurándolo para la propia maquinaria de guerra alemana. 


Stalingrado, una gran ciudad industrial que se extendía a lo largo del río Volga, no era el objetivo principal inicial, pero adquirió una importancia estratégica crucial como centro de comunicaciones y un simbólico centro de producción de armamentos, además de llevar el nombre del líder soviético, lo que la convertía en un trofeo político de valor incalculable para ambos bandos. 


Hitler, obsesionado con su captura, ordenó al 6º Ejército al mando del general Friedrich Paulus, apoyado por el 4º Ejército Panzer de Hermann Hoth y fuerzas de aliados rumanos, húngaros e italianos en los flancos, que tomara la ciudad a cualquier costo.


La batalla comenzó de forma catastrófica para los soviéticos con un devastador bombardeo aéreo de la Luftwaffe el 23 de agosto de 1942, que redujo gran parte de la ciudad a escombros, matando a miles de civiles en uno de los ataques más concentrados de la guerra. 


Los alemanes penetraron rápidamente en los suburbios, pero aquí comenzó su calvario. Los escombros creados por los bombardeos, lejos de facilitar el avance, se convirtieron en una pesadilla para las tácticas de combate convencionales, ideal para la defensa. 


Los soviéticos, bajo el mando implacable de generales como Vasily Chuikov al frente del 62º Ejército, adoptaron una doctrina de combate despiadada y novedosa: se pelearía por cada ruina, cada calle, cada fábrica y cada casa. 


Se popularizó la táctica de "abrazar al enemigo", manteniendo las líneas tan cerca del enemigo que la aviación y la artillería alemana no podrían bombardear sin riesgo de matar a sus propias tropas. 


La lucha por puntos emblemáticos como la Estación Central de Ferrocarril, el Elevador de Grano y, sobre todo, la Casa de Pávlov (un edificio de apartamentos defendido por un pequeño grupo de soldados soviéticos durante 58 días), se convirtió en legendaria por su ferocidad. 


La vida útil de un soldado en la primera línea era de menos de 24 horas. El Volga, la única vía de suministro soviética, estaba bajo constante fuego de artillería, y los ferry que cruzaban con refuerzos y suministros sufrían pérdidas terribles.


Mientras Paulus cometía el error crítico de comprometer a todo su ejército en la costosísima lucha callejera, agotando a sus hombres y consumiendo su material, el alto mando soviético, dirigido por los mariscales Georgy Zhukov y Aleksandr Vasilevsky, planeaba en secreto una operación de contraofensiva colosal, la Operación Urano. 


Su plan era audaz: en lugar de seguir alimentando la carnicería en la ciudad, prepararían enormes reservas de ejércitos nuevos y bien equipados para golpear los flancos débiles y extremadamente extendidos del 6º Ejército, defendidos no por alemanes, sino por las fuerzas menos motivadas y peor equipadas de los ejércitos rumanos 3º y 4º.


El 19 de noviembre de 1942, la trampa se cerró. Dos frentes soviéticos lanzaron un ataque masivo y absolutamente sorpresivo contra las posiciones rumanas al norte y al sur de Stalingrado. 


Las defensas, carentes de armamento anticarro adecuado y de reservas móviles, se colapsaron en cuestión de horas. 


En apenas cuatro días, las dos tenazas soviéticas se encontraron en la localidad de Kalach, al oeste de Stalingrado, completando el cerco de todo el 6º Ejército alemán y partes del 4º Ejército Panzer, atrapando a más de 250,000 soldados del Eje en una enorme bolsa. 


Hitler, en un error estratégico monumental, prohibió cualquier intento de ruptura y prometió un abastecimiento aéreo masivo comandado por Hermann Göring, una promesa imposible de cumplir. Un intento de rescate por el Grupo de Ejércitos del Don del mariscal Erich von Manstein se acercó a 48 kilómetros de la bolsa, pero Paulus, obediente a las órdenes de Hitler, no intentó romper el cerco para enlazar con él. 


El frío, el hambre y las enfermedades se cebaron con los soldados atrapados, reduciendo la bolsa cada vez más bajo el implacable acoso soviético.


La agonía finalizó el 2 de febrero de 1943. Tras ser ascendido a mariscal de campo por Hitler (una insinuación para que se suicidara, ya que ningún mariscal alemán se había rendido antes), Friedrich Paulus se rindió con lo que quedaba de su ejército. 


De los aproximadamente 250,000 hombres cercados, unos 91,000 se rindieron, marchando a una cautividad de la que solo alrededor de 5,000 regresarían años después. 


Las bajas totales (muertos, heridos y capturados) para el Eje se estiman entre 700,000 y 800,000. Las pérdidas soviéticas fueron aún más horrendas, superando el millón de bajas, pero pudieron reemplazarlas.


Las consecuencias de Stalingrado resonaron en todo el mundo. Para Alemania, fue una catástrofe militar y moral de la que nunca se recuperó; perdió su mejor ejército de campaña y la iniciativa estratégica para siempre. 


Para la URSS, fue una victoria propagandística y moral inmensa que validó sus terribles sacrificios y demostró su poderío militar resurgente. Para los Aliados, fue la prueba definitiva de que la victoria final era posible. 


Stalingrado no fue solo una batalla; fue el martillo que quebró el espinazo de la Wehrmacht y el evento que condenó al Tercer Reich a la destrucción.





No hay comentarios.:

Publicar un comentario

La Finalización del Ferrocarril Canadiense del Pacífico (1885)

1. Contexto: Una Promesa Existencial para una Confederación Joven Tras la Confederación Canadiense en 1867, el nuevo Dominio era un estado g...