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viernes, 19 de septiembre de 2025

Batalla de Saipán


La Batalla de Saipán, librada entre el 15 de junio y el 9 de julio de 1944 en la isla de Saipán, parte de las Islas Marianas, fue una de las campañas más críticas y brutalmente decisivas del Teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. 


Mucho más que una simple lucha por un pedazo de territorio, la conquista de Saipán representó un salto estratégico monumental que colocó a los Estados Unidos en el umbral mismo del Japón metropolitano, proporcionó bases aéreas irremplazables para los bombarderos B-29 Superfortress y desencadenó una crisis política en Japón que culminó con la caída del gobierno de Hideki Tojo. 


La feroz resistencia japonesa, el terrible sufrimiento de la población civil y las enormes bajas en ambos bandos convirtieron a Saipán en un sombrío presagio de la ferocidad que caracterizaría los combates futuros hasta el final de la guerra.


El contexto estratégico de la invasión, bautizada como Operación Forager, estaba definido por la implacable estrategia de "salto de islas" del almirante Chester W. Nimitz. Tras asegurar las Islas Marshall, el siguiente paso lógico en la ruta central hacia Japón eran las Marianas. 


La captura de Saipán, Tinian y Guam proporcionaría las bases ideales para los B-29, cuyo radio de acción permitiría bombardear por primera vez las ciudades industriales del corazón de Japón. 


Para los japoneses, Saipán era un territorio de valor incalculable; consideraban las Marianas parte de su perímetro defensivo interior y su pérdida expondría directamente al archipiélago japonés a los ataques aéreos. 


El teniente general Yoshitsugu Saito, al mando de la guarnición de 30.000 soldados, estaba decidido a defender la isla hasta el último hombre, siguiendo la doctrina de resistencia feroz que había caracterizado las campañas anteriores.


Los desembarcos comenzaron a las 07:00 horas del 15 de junio de 1944, cuando dos divisiones de Marines de los Cuerpos de Marines de los Estados Unidos (la 2.ª y la 4.ª) bajo el mando del teniente general Holland Smith, asaltaron una playa de ocho kilómetros en el suroeste de la isla. 


A diferencia de desembarcos anteriores, la resistencia en la playa fue inmediata y abrumadora. La artillería y morteros japoneses, previamente registrados en las zonas de desembarco, causaron estragos entre las lanchas de desembarco y los vehículos anfibios. 


Los Marines, enfrentándose a un fuego cruzado mortífero y a un terreno complicado, lograron establecer una precaria cabeza de playa al final del día, pero con 2.000 bajas y una penetración mínima hacia el interior.


Lo que siguió fue una lucha de desgaste de tres semanas a través de un terreno variado y traicionero: Desde las llanuras costeras y los campos de caña de azúcar alrededor de Garapán y Charan Kanoa, hasta las escarpadas colinas del centro y norte de la isla, como el Monte Tapochau, el punto más alto de la isla que ofrecía una observación dominante, y la meseta de Kagman. 


Los defensores japoneses no se limitaron a defender las playas; se retiraron a un elaborado sistema de cuevas, búnkeres de hormigón y posiciones fortificadas interconectadas, desde donde podían hostigar cada avance aliado con fuego de ametralladora, mortero y francotiradores. 


Cada posición tenía que ser reducida con lanzallamas, granadas y cargas de demolición en combates cuerpo a cuerpo brutales y a muy corta distancia.


El punto de inflexión de la batalla, tanto militar como psicológico, ocurrió entre el 7 y el 9 de julio. Con sus fuerzas diezmadas y acorraladas en el extremo norte de la isla, el general Saito, junto con el comandante naval vicealmirante Chuichi Nagumo (el ex-comandante de la flota en Pearl Harbor), organizó un último y desesperado ataque banzai. 


En la madrugada del 7 de julio, unos 4.000 soldados japoneses, muchos de ellos heridos y armados solo con bayonetas o explosivos improvisados, cargaron en una oleada humana contra las líneas del 1.º y 2.º Batallón del 105.º Regimiento de Infantería del Ejército estadounidense. 


La carga, masiva y fanática, logró penetrar las líneas frontales y causó 650 bajas estadounidenses en una de las acciones más sangrientas de la campaña del Pacífico, pero finalmente fue contenida y aniquilada por el fuego concentrado de artillería, ametralladoras y rifles.


Simultáneamente, se desarrolló una tragedia humana de proporciones escalofriantes. A la población civil japonesa y de las islas (20.000 personas) se les había dicho por la propaganda militar que los soldados estadounidenses eran bárbaros que los torturarían y matarían si eran capturados. 


Aterrorizados y atrapados entre los ejércitos, cientos de familias se suicidaron arrojándose desde los altos acantilados de Marpi Point, en el extremo norte de la isla, a pesar de las súplicas de rendición de los estadounidenses mediante altavoces. 


Estas imágenes, capturadas por fotógrafos y cámaras, se convirtieron en un poderoso símbolo de la desesperación y el adoctrinamiento que caracterizaría el final de la guerra.


La batalla fue declarada oficialmente terminada el 9 de julio de 1944. De los 30.000 defensores japoneses, solo unos pocos cientos fueron capturados; el resto murió luchando o por suicidio. 


Las bajas estadounidenses fueron igualmente altas: 3.126 muertos y 13.160 heridos. Las consecuencias estratégicas fueron inmediatas y profundas. La caída de Saipán conmocionó al liderazgo japonés hasta el núcleo. 


El primer ministro Hideki Tojo y todo su gabinete se vieron obligados a dimitir el 18 de julio, un reconocimiento tácito de que la guerra estaba perdida. Operacionalmente, la victoria permitió la inmediata construcción de aeródromos desde los cuales los B-29 iniciarían los devastadores bombardeos sobre el Japón metropolitano. 


La batalla también aseguró la victoria aliada en la simultánea Batalla del Mar de Filipinas (19-20 de junio), ya que los aviones japoneses que intentaban atacar la flota de invasión partían desde bases en las Marianas que pronto caerían en manos estadounidenses. 


Saipán fue, por lo tanto, el golpe maestro que quebró tanto el perímetro defensivo exterior de Japón como la voluntad de su gobierno para continuar la guerra, aunque la lucha más feroz aún estaba por venir.




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