Perspectiva Histórica y Geopolítica: El Alzamiento del 10 de Octubre y su Contexto Hemisférico
El 10 de octubre de 1868, en el ingenio azucarero "La Demajagua", cerca de Manzanillo, el abogado y terrateniente oriental Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos y los convocó a tomar las armas contra la metrópoli española, en un acto que fusionó simbólicamente la emancipación humana y la liberación nacional.
Este gesto, que dio inicio a la Guerra de los Diez Años, no fue un estallido espontáneo sino la cristalización violenta de décadas de frustración política y económica en el seno de la élite criolla cubana, agravada por el contexto geopolítico hemisférico .
Para comprender sus causas profundas, es necesario situarse en el "universo de las ideas políticas" que circulaban en la isla desde las primeras décadas del siglo XIX .
Las élites cubanas se debatían entre tres corrientes principales: El anexionismo (la incorporación de Cuba a Estados Unidos como estado esclavista), el reformismo (la búsqueda de mayor autonomía y representación dentro del sistema colonial español) y el independentismo (la separación total de España).
La Guerra de los Diez Años representó el triunfo circunstancial de la opción independentista, aunque teñida de las contradicciones de sus líderes iniciales, muchos de ellos propietarios de esclavos que, como Céspedes, liberaban a sus siervos como un acto estratégico y moralmente ambiguo.
Geopolíticamente, 1868 fue un año de convulsiones globales que influyeron directamente en el estallido cubano. En España, la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868 destronó a Isabel II e inauguró el Sexenio Democrático (1868-1874), un período de relativa libertad de expresión y efervescencia política.
Que, paradójicamente, permitió que la prensa peninsular como el diario satírico barcelonés La Flaca denunciara las mentiras oficiales sobre la guerra y expresara simpatía por la causa abolicionista cubana .
Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos emergía de su propia Guerra Civil (1861-1865) con la esclavitud abolida pero con un renovado apetito expansionista.
La presencia de una poderosa comunidad de exiliados cubanos en Nueva York, que canalizaba fondos y propaganda hacia la insurrección, generó en la prensa lealista habanera una obsesiva campaña de ridiculización del anexionismo y del gobierno estadounidense .
Sin embargo, la respuesta española fue inmediata y brutal. La insurrección, concentrada inicialmente en la región oriental (provincia de Oriente), encontró escaso eco en las prósperas provincias occidentales (La Habana, Matanzas), donde la poderosa oligarquía azucarera, temerosa de una repetición de la revolución haitiana, prefirió la lealtad a la Corona como garantía de preservación de la esclavitud y el orden social.
Esta fractura geográfica, Oriente insurgente y esclavista vs. Occidente lealista y esclavista, marcaría todo el desarrollo del conflicto.
Perspectiva Ideológica y Constitucional: La Asamblea de Guáimaro y el Nacimiento de una Nación Armada
Apenas seis meses después del Grito de La Demajagua, el 10 de abril de 1869, los líderes independentistas reunidos en el poblado de Guáimaro (hoy provincia de Camagüey) llevaron a cabo un experimento constitucional revolucionario de enorme trascendencia .
La Asamblea de Guáimaro no fue un mero congreso militar; fue el acto fundacional de una República en armas, con una constitución, un gobierno civil y una estructura de poder deliberadamente diseñada para contener el caudillismo militar.
El debate central enfrentó a dos visiones antagónicas sobre la organización del Estado insurgente. Por un lado, Carlos Manuel de Céspedes y los orientales defendían un modelo de preeminencia del poder civil sobre el militar, con un ejecutivo fuerte y centralizado.
Por otro lado, Ignacio Agramonte y los camagüeyanos jóvenes abogados de la élite ganadera propugnaban un modelo parlamentario que subordinaba estrictamente a los jefes militares a la autoridad de una Cámara de Representantes.
La Constitución de Guáimaro fue una síntesis precaria, pero estableció principios fundamentales: La abolición inmediata de la esclavitud (ya proclamada por Céspedes en La Demajagua), la igualdad jurídica de todos los cubanos sin distinción de raza, y la división formal de poderes en medio de la guerra de guerrillas .
Esta utopía de fraternidad racial plasmada en Guáimaro, "no hay blancos ni negros, solo cubanos" se convertiría en el mito fundacional de la nacionalidad cubana y en el principal legado ideológico de la Guerra de los Diez Años .
Sin embargo, como han señalado historiadores críticos, esta retórica igualitaria coexistió con profundas tensiones raciales no resueltas y con el hecho incómodo de que muchos de los líderes que proclamaban la hermandad universal eran los mismos que, hasta meses antes, habían vivido de la explotación del trabajo esclavo.
Perspectiva Social y Racial: La Forja del Ejército Libertador y la Promesa Incumplida de la "Confraternidad"
El componente racial fue el eje transversal y la contradicción central de la guerra. La participación masiva de africanos esclavizados y sus descendientes en el Ejército Libertador transformó la naturaleza misma del conflicto .
Lo que había comenzado como una insurrección de hacendados criollos se convirtió progresivamente en una guerra social, donde la promesa de libertad individual se entrelazaba con la lucha por la independencia nacional.
Los esclavos que se unían a las filas mambisas no solo buscaban la liberación de Cuba; buscaban su propia liberación y la de sus familias, y luchaban con la ferocidad de quienes sabían que la derrota significaría el retorno a la servidumbre.
Esta participación masiva generó una paradoja extraordinaria: el Ejército Libertador era socialmente más avanzado que la república que pretendía fundar.
Los esclavos liberados luchaban codo a codo con sus antiguos amos, y hombres como Antonio Maceo el "Titán de Bronce", mulato libre de origen humilde ascendieron vertiginosamente en la jerarquía militar gracias a su genio táctico y carisma, convirtiéndose en una figura que encarnaba tanto la promesa igualitaria como la ansiedad que esta generaba en la élite blanca .
La prensa lealista habanera particularmente El Moro Muza y Don Junípero, asociados al caricaturista hispano-cubano Víctor Patricio Landaluze explotó sistemáticamente este miedo racial para desacreditar la insurrección .
Sus ilustraciones y textos satíricos evitaban cuidadosamente las referencias directas a la participación de antiguos esclavos, pero ridiculizaban la composición racial del ejército independentista, presentando a los mambises como una horda de negros y mulatos descontrolados, una amenaza a la civilización blanca y española.
Este discurso pretendía inocular a la oligarquía occidental contra el contagio independentista, identificando emancipación racial con barbarie y destrucción de la propiedad .
Paradójicamente, la prensa liberal española como La Flaca en Barcelona adoptó una postura opuesta: Denunció el trato excluyente y discriminatorio que la metrópoli dispensaba a los cubanos de ascendencia africana y utilizó el argumento racial para criticar al régimen colonial desde posiciones abolicionistas y anticlericales .
La cuestión de la raza, por tanto, no solo dividía a cubanos y españoles, sino que fracturaba transversalmente a ambos bandos y al propio espacio público metropolitano.
Perspectiva Económica y Territorial: El Conflicto entre las Élites Orientales y Habaneras
Subyacente al enfrentamiento bélico existía una profunda fractura económica regional que explica la limitada expansión inicial de la insurrección.
La élite azucarera de Occidente (La Habana, Matanzas, Colón) había experimentado durante el siglo XIX una modernización tecnológica y financiera que la integraba al mercado mundial bajo protección española.
Sus ingenios, altamente mecanizados, dependían de la importación de maquinaria y del crédito metropolitano; la esclavitud, aunque aún vigente, coexistía con formas de trabajo asalariado y con una creciente presencia de colonos chinos.
Para esta oligarquía, la independencia significaba incertidumbre comercial, ruptura de los aranceles privilegiados con España y, sobre todo, el riesgo de una revolución social que liquidara la propiedad.
En cambio, la élite de Oriente (Bayamo, Manzanillo, Santiago de Cuba) era comparativamente más atrasada y agraria. Sus ingenios eran más pequeños, menos tecnificados, y su economía dependía en mayor medida del contrabando, la ganadería extensiva y el comercio con el Caribe.
Esta burguesía criolla oriental, encabezada por Céspedes, se sentía marginada del poder colonial y de los beneficios del reformismo; no tenía nada que perder y mucho que ganar en una ruptura que la colocara al frente de una nueva república.
La guerra, por tanto, no fue solo una lucha entre España y Cuba; fue también una guerra civil entre cubanos, entre un proyecto de nación liderado por la periferia oriental empobrecida y un proyecto de autonomía colonial defendido por el centro occidental próspero.
El fracaso de la insurrección para expandirse hacia Las Villas y, sobre todo, hacia Occidente, condenó estratégicamente a la guerra a una prolongada e inconclusa lucha de desgaste .
Perspectiva de Memoria y Legado: Los Cien Años de Lucha y la Cuestión Racial como Herida Abierta
El legado de la Guerra de los Diez Años es extraordinariamente complejo y ha sido objeto de incesante re-interpretación política a lo largo de la historia cubana .
Su principal herencia fue la forja de una tradición insurgente y de un panteón de héroes Céspedes, Agramonte, los Maceo, Máximo Gómez que alimentarían las guerras posteriores (la Guerra Chiquita, 1879-1880, y la Guerra Necesaria, 1895-1898) y que se convertirían en la canonización cívica de la nacionalidad.
El propio concepto de "Cien Años de Lucha", acuñado por la historiografía revolucionaria después de 1959, vinculó directamente el 10 de octubre de 1868 con el 1 de enero de 1959, presentando la Revolución Cubana como la consumación teleológica de aquel primer grito independentista .
Sin embargo, esta narrativa de continuidad épica ha operado elidiendo las tensiones más incómodas del proceso. La más significativa es la cuestión racial no resuelta.
La Guerra de los Diez Años estableció el mito de la "confraternidad racial" como fundamento de la nación cubana. La idea de que la lucha común contra España había borrado las jerarquías heredadas de la esclavitud y fundado una república de ciudadanos iguales sin distinción de color .
Este mito, poderosamente movilizador y sinceramente sostenido por muchos combatientes, ocultaba sin embargo realidades persistentes de discriminación y desigualdad.
Los líderes negros y mulatos, como Maceo, fueron sistemáticamente marginados de los altos mandos políticos y diplomáticos durante la guerra, y la república que se imaginaba en Guáimaro con su sufragio universal masculino tardaría décadas en materializarse plenamente.
Después de 1959, la Revolución Cubana se presentó a sí misma como la redención de aquella promesa incumplida. La lucha contra el racismo y la discriminación fue declarada una consecuencia automática del proceso revolucionario, un subproducto evolutivo que el tiempo y la justicia social completarían.
Esta aproximación, aunque indudablemente acompañada de avances significativos en educación, salud e integración, también desplazó el debate público sobre la especificidad de la opresión racial, subsumiéndola en la lucha de clases y postergando una confrontación más profunda con el legado de la esclavitud y sus persistentes secuelas .
La académica Zuleica Romay Guerra ha señalado la urgencia de diseñar políticas públicas memoriales que, rescatando la memoria del pasado esclavista colonial, enfrenten la ignorancia y el conformismo que aún persisten en la sociedad cubana respecto a su historia racial .
La Guerra de los Diez Años, en este sentido, no es solo un capítulo fundacional; es el primer acto de una pregunta que sigue abierta.
¿Cómo construir una nación verdaderamente igualitaria sobre las ruinas de una sociedad esclavista?
Reflexión Final: La Guerra como Semilla y Fantasma
La Guerra de los Diez Años terminó en 1878 con el Pacto de Zanjón, un acuerdo que no concedió la independencia ni abolió la esclavitud (que lo sería parcialmente en 1880 y totalmente en 1886), pero que sentó las bases simbólicas, organizativas y humanas para la guerra definitiva de 1895. En este sentido, fue una derrota militar que se convirtió en victoria política a largo plazo.
Su significado profundo trasciende el resultado inmediato. La guerra fue el crisol donde se forjó la nación cubana no como entidad abstracta, sino como comunidad imaginada forjada en el sacrificio común, el mestizaje de las armas y la promesa siempre diferida de una verdadera república de ciudadanos iguales.
Fue el momento en que la élite criolla, empujada por la presión de sus propios esclavos liberados, se vio obligada a imaginar un país donde blancos, negros y mulatos compartieran no solo el campo de batalla, sino el destino político.
Pero fue también el fantasma que nunca dejó de rondar la historia cubana. Las preguntas que emergieron en aquellos años sobre la relación entre independencia y justicia social, sobre el lugar de la raza en la nación, sobre la tensión entre liderazgo civil y poder militar, sobre la dependencia externa y la soberanía son preguntas que la república neocolonial (1902-1958) no supo responder y que la Revolución de 1959 reabrió sin clausurar definitivamente.
El 10 de octubre de 1868, Céspedes no solo liberó a sus esclavos; liberó una pregunta que aún espera respuesta. La Guerra de los Diez Años, en este sentido, no terminó en Zanjón. Continúa.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario