Perspectiva Histórica y Geopolítica: La Construcción de una Nación por Defensa y Negociación
La creación del Dominio de Canadá el 1 de julio de 1867 no fue una revolución independentista, sino una evolución constitucional negociada, un acto de pragmatismo geopolítico en respuesta a presiones externas e internas.
Tras la Guerra de Independencia estadounidense y la Guerra de 1812, las colonias británicas de América del Norte habían desarrollado identidades distintas, pero la Guerra Civil Americana (1861-1865) y sus secuelas actuaron como catalizador existencial.
La hostilidad de los "Fenian Raids" (incursiones de irlandeses-estadounidenses desde Estados Unidos), las tensiones comerciales tras la terminación del Tratado de Reciprocidad, y sobre todo, el expansionismo manifiesto estadounidense la doctrina del "Destino Manifiesto" y la compra de Alaska por Rusia en 1867 crearon un temor palpable de anexión.
La Confederación fue, en esencia, un acto defensivo de consolidación: unir para resistir.
El proceso fue liderado por los Padres de la Confederación figuras como John A. Macdonald (conservador), George-Étienne Cartier (francocanadiense), y George Brown (liberal) quienes superaron profundas divisiones regionales en las conferencias de Charlottetown, Quebec y Londres.
El Acta de la América del Norte Británica (BNA Act), promulgada por el Parlamento británico, no era una constitución soberana, sino una ley imperial que creaba un "dominio" autónomo bajo la Corona.
Este estatus híbrido ni colonia ni nación completamente independiente fue la genialidad política del momento: otorgaba auto-gobierno interno (control sobre asuntos domésticos, economía, inmigración) mientras mantenía los lazos simbólicos y de defensa con el Imperio.
Geopolíticamente, 1867 marcó el nacimiento del primer "dominio", un modelo que luego seguirían Australia, Nueva Zelanda y otros, transformando gradualmente el Imperio Británico en la Commonwealth.
Para Londres, era una solución elegante: Reducía los costos de defensa y administración de colonias lejanas mientras mantenía un aliado leal y un contrapeso al poder estadounidense en el continente.
Para Canadá, significó el inicio de su largo viaje hacia la soberanía plena, un viaje que sería incremental: control de política exterior (Estatuto de Westminster, 1931) y patriación constitucional (1982).
Perspectiva Psicológica e Identitaria: La Forja de una Lealtad Dividida
Psicológicamente, la Confederación fue un acto de imaginación política más que de pasión nacional. No existía un "sentimiento canadiense" fuerte y unificado.
Las lealtades eran locales y duales: Los francocanadiense en Quebec (bajo el liderazgo de Cartier) veían la Confederación como un pacto que garantizaría su supervivencia cultural, idioma, derecho civil y religión católica dentro de un marco federal que protegía las provincias.
Los leales al Imperio (especialmente en Ontario) la veían como una extensión leal de la britanidad en América. Los marítimos (Nueva Escocia, Nuevo Brunswick) tenían identidades comerciales oceánicas propias y temían la dominación del Canadá Unido (Ontario/Quebec).
Por ello, el nacionalismo canadiense que emergió fue negativo y pragmático: No se definía tanto por lo que era, sino por lo que no era. No era revolucionario como Estados Unidos. No era homogéneamente británico. No era expansionista.
Su identidad se forjó alrededor de conceptos como "paz, orden y buen gobierno" (en contraste explícito con la vida, libertad y búsqueda de la felicidad estadounidense), lealtad a la Corona, y el ideal de un "mosaico" cultural (versus el "crisol" americano).
Este carácter se consolidó con la inmigración masiva posterior de no-británicos y no-franceses, forzando una identidad basada en la acomodación y el compromiso.
La figura de John A. Macdonald, primer primer ministro, encarnó esta psicología: Un pragmático imperialista que soñaba con una nación de costa a costa (llevando a la compra de la Tierra de Rupert a la Hudson's Bay Company y la entrada de Columbia Británica en 1871), pero que operaba mediante coaliciones y concesiones, incluyendo políticas profundamente controvertidas y dañinas como los internados para indígenas y la política de la "Tierra Estéril" para las Primeras Naciones, destinadas a despejar el camino para el ferrocarril transcontinental y el asentamiento europeo.
Perspectiva Social y Demográfica: Un Proyecto de Expansión y Exclusión
Socialmente, la Confederación fue un proyecto profundamente elitista y exclusionista. Fue negociada por una pequeña élite de abogados, empresarios y políticos sin consulta popular directa; de hecho, en Nueva Escocia hubo un fuerte movimiento anti-confederación tras 1867.
Su principal motor económico era la construcción del Ferrocarril Intercolonial (luego el Canadian Pacific Railway), un proyecto faraónico que uniría el país física y económicamente, pero que requirió concesiones de tierra masivas, trabajo barato (incluyendo trabajadores chinos en condiciones cercanas a la esclavitud) y la desposesión sistemática de los pueblos indígenas.
La visión de los Padres de la Confederación era la de un Estado nacional para colonos británicos y francocanadienses. Los Pueblos Originarios (First Nations, Métis e Inuit) no fueron considerados socios en la Confederación, sino obstáculos para el asentamiento.
El Acta de la América del Norte Británica asignaba al gobierno federal la jurisdicción sobre "indios y tierras reservadas para indios", sentando las bases para la posterior Ley de Indias de 1876, que institucionalizaría el sistema de reservas, bandas y el estatus legal discriminatorio que persiste hoy.
La resistencia de las comunidades Métis, lideradas por Louis Riel, en el Red River Resistance (1869-70) y la Rebelión del Noroeste (1885), fueron respuestas directas a esta exclusión, y su brutal supresión (y la ejecución de Riel) marcaron el lado oscuro del proyecto nacional.
Demográficamente, la Confederación lanzó una política de "poblar o perecer". Para contrarrestar la influencia estadounidense y desarrollar el oeste, se implementaron políticas de inmigración masiva, primero del norte de Europa, y luego de todo el continente.
Sin embargo, esta política era racialmente selectiva, favoreciendo a los blancos anglosajones y discriminando abiertamente a asiáticos, africanos y otros grupos.
Perspectiva Económica e Infraestructural: Un Mercado Protegido para la Industrialización
Económicamente, la Confederación fue diseñada para crear una unión aduanera y un mercado interno protegido. La filosofía de los "Nacionalistas" de Macdonald era el "National Policy" (implementada en la década de 1870).
Altos aranceles para proteger las industrias manufactureras de Ontario y Quebec de la competencia estadounidense, subsidios masivos para el ferrocarril transcontinental, y promoción de la inmigración para colonizar las praderas y crear un mercado para los bienes manufacturados del este.
Este modelo económico centro-periferia benefició al núcleo industrial del San Lorenzo a expensas de las regiones marítimas (que perdieron su comercio natural con Nueva Inglaterra) y del oeste (que pagaba precios altos por maquinaria importada).
La Confederación también fue un proyecto de infraestructura continental. El ferrocarril no era solo un medio de transporte; era el símbolo físico y la herramienta de unificación nacional, un cordón umbilical de acero que debía asegurar que Columbia Británica no se uniera a Estados Unidos y que las riquezas del oeste (trigo, minerales) fluyeran hacia el este.
Su construcción, llena de corrupción y escándalos (como el de la Canadian Pacific), creó enormes fortunas y consolidó el poder de una nueva élite comercial canadiense.
Perspectiva de Legado y Memoria: Una Identidad en Evolución Constante
El legado de 1867 es el de una nación construida sobre paradojas y compromisos continuos. Es una de las pocas naciones modernas cuya fundación no fue un acto de independencia, sino de autonomía negociada dentro de un imperio.
Esto creó una tradición política de evolución pacífica, gradualismo y lealtad a las instituciones, pero también una cierta ambigüedad identitaria y una relación compleja con su pasado colonial e imperial.
La memoria de la Confederación ha sido objeto de revisión constante. Durante mucho tiempo, se celebró como un acto de estadistas visionarios que crearon un país "de mar a mar".
En las últimas décadas, esta narrativa ha sido desafiada por las perspectivas de los pueblos indígenas, que ven 1867 como el inicio de un régimen colonial interno que buscó asimilarlos y desposeerlos; por los quebequenses, que debaten si el pacto federal ha protegido o amenazado su cultura; y por las provincias periféricas, que cuestionan el centralismo del proyecto original.
Hoy, Canadá sigue siendo un experimento en gobernanza multinacional. Su sistema federal, su bilingüismo oficial (instituido mucho después, en 1969), su multiculturalismo como política de estado (1971), y su lento camino hacia la reconciliación con los pueblos indígenas, son todos desarrollos que surgen del marco ambiguo de 1867.
Fue un inicio, no un fin. Un marco lo suficientemente flexible para permitir que una colonia se transformara en una nación moderna y diversa, pero también lo suficientemente rígido como para encapsular tensiones entre Quebec y el resto, entre el centro y las periferias, entre la Corona y la soberanía popular que siguen definiendo su política.
En esencia, la Confederación Canadiense no creó una nación terminada, sino que inició un proceso permanente de construcción nacional a través del diálogo, la inclusión forzada y el conflicto negociado.
Es el relato fundacional de un país que prefiere el "orden" a la revolución, el compromiso al enfrentamiento, y cuya mayor fortaleza y su mayor desafío permanente es mantener unido un conjunto vasto y diverso de pueblos, geografías e identidades bajo una idea común, siempre en re-definición.

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