Perspectiva Histórica y Política: La Monarquía Piamontesa y la Invención del Estado Unitario
El 17 de marzo de 1861, mediante la ley 4671 del Reino de Cerdeña, Víctor Manuel II asumió para sí y para sus sucesores el título de Rey de Italia.
Este acto no fue el alumbramiento de una revolución popular, sino el sello jurídico de una conquista militar y diplomática conducida por la monarquía saboyana y su élite dirigente, cuyo principal artífice Camilo Benso, conde de Cavour falleció apenas semanas después, en junio de 1861, dejando un vacío de liderazgo que marcaría el devenir del nuevo Estado.
La unificación fue el resultado de una secuencia convulsa de eventos: La segunda guerra de independencia (1859) con la alianza francesa, las anexiones plebiscitarias de Emilia, Toscana y el antiguo Reino de las Dos Sicilias (1860), y finalmente la expedición de Garibaldi, hábilmente instrumentalizada y reconducida bajo control saboyano mediante el simbólico encuentro de Teano.
Esta génesis determinó el carácter genético del Estado italiano: No un pacto federativo entre estados preexistentes como habían soñado pensadores como Carlo Cattaneo, quien propugnaba un modelo descentralizado y municipalista, sino la extensión administrativa y constitucional del Piamonte al conjunto de la península.
El Estatuto Albertino de 1848 se convirtió en la carta fundamental del Reino; la ley municipal y provincial Rattazzi de 1859 fue progresivamente impuesta al Sur mediante los decretos Ricasoli de octubre de 1861; el ejército piamontés absorbió (o licenció) al ejército meridional; la deuda pública piamontesa se nacionalizó, transfiriendo la carga fiscal al conjunto del territorio. Italia no fue pactada: fue anexionada.
La naturaleza política de esta unificación tuvo consecuencias profundas. El nuevo Reino era una monarquía administrativa y centralista, no una democracia participativa.
El sufragio, restringido a menos del 2% de la población (unos 400.000 varones alfabetizados y contribuyentes), excluía a la inmensa mayoría de los italianos de la vida política.
El Parlamento, aunque existente, operaba bajo la hegemonía de la "Destra storica" (Derecha histórica), una élite de terratenientes liberales, abogados y funcionarios piamonteses que concibieron la unificación como una ampliación de los intereses del norte más que como la construcción de una comunidad nacional compartida.
Geopolíticamente, la proclamación de 1861 fue un terremoto en el equilibrio europeo. Desafiaba directamente el orden establecido por el Congreso de Viena (1815) y la hegemonía austriaca en la península.
La Italia unificada era aún profundamente incompleta: Excluía al Véneto (bajo dominio austriaco hasta 1866) y a Roma y el Lacio (bajo soberanía papal y protegidos por Francia, cuya guarnición no se retiraría hasta 1870).
El nuevo Reino nació, por tanto, con un déficit territorial y simbólico que condicionaría su política exterior durante una década, manteniendo viva la tensión irredentista y la "cuestión romana", que enfrentaría al Estado liberal con la Iglesia católica durante casi sesenta años.
Perspectiva Ideológica y de Liderazgo: La Síntesis Precaria entre Cavour, Garibaldi y Mazzini
La unificación italiana fue el resultado de la confluencia y posterior represión de tres proyectos políticos antagónicos que, paradójicamente, solo pudieron triunfar mediante su mutua neutralización temporal.
Camilo Benso di Cavour representaba el liberalismo moderado y dinástico. Su visión era la de un Reino de Alta Italia ampliado hacia el centro y el sur, bajo la corona saboyana, integrado en el sistema de alianzas europeo (especialmente con Francia) y regido por una economía de libre mercado.
Para Cavour, la unificación era un medio para fortalecer el Piamonte, no un fin mesiánico. Era profundamente elitista, desconfiaba de la movilización popular y negociaba la independencia en los salones diplomáticos, no en los campos de batalla insurgentes.
Su genio fue la flexibilidad pragmática: Supo utilizar a Garibaldi como ariete cuando le convino y neutralizarlo cuando se volvió peligroso.
Giuseppe Garibaldi encarnaba la vía democrático-militar, la unificación mediante la guerra popular y la insurrección. Su expedición de los Mil (1860) fue una epopeya romántica: mil voluntarios mal armados que, en pocos meses, derrotaron al ejército borbónico y conquistaron todo el sur de Italia.
Garibaldi, republicano de convicción, antepuso la unidad nacional a su ideología y entregó sus conquistas al rey, un acto de lealtad paradójica que selló el triunfo del proyecto monárquico.
Su figura se convirtió en el mito viviente de la nación armada, el héroe que trascendía facciones, pero su derrota política su auto-marginación en Caprera fue la derrota del proyecto de una Italia democrática, federal y socialmente avanzada.
Giuseppe Mazzini representaba la conciencia ético-religiosa del Risorgimento. Su "Joven Italia" había mantenido viva la llama republicana y unitaria durante décadas de exilio y conspiraciones.
Para Mazzini, la unificación no era un mero re-ordenamiento territorial, sino una misión moral: La construcción de una Tercera Roma (después de la de los césares y la de los papas) que guiara a la humanidad hacia la fraternidad de los pueblos.
Mazzini fue deliberadamente excluido del proceso unitario; su republicanismo era incompatible con la monarquía, y su democracia social, inquietante para las élites propietarias. Murió en el exilio en 1872, negándose a jurar lealtad a una monarquía que consideraba la tumba de sus ideales.
La unificación italiana fue, así, la victoria del más conservador de estos proyectos sobre los más radicales. El Estado unitario nació sin los republicanos, sin los demócratas y sin Garibaldi en el poder, una amputación política que dejaría un resentimiento subterráneo que emergería periódicamente en las décadas siguientes.
Perspectiva Social y Regional: La Cuestión Meridional y el Trauma de la Conquista
La proclamación de 1861 no integró a Italia; escindió al país en dos mitades cuya fractura no ha cicatrizado aún hoy. El encuentro entre el norte y el sur no fue una fusión, sino una conquista militar seguida de una colonización administrativa.
El sur, que había vivido durante siglos bajo monarquías autónomas (Nápoles, Sicilia), fue incorporado al nuevo Estado mediante una violenta campaña de represión que los historiadores revisionistas han denominado la "guerra civil italiana" o la "gran represión".
El fenómeno del brigantaggio (bandolerismo) que estalló inmediatamente después de la anexión no fue mera delincuencia común. Fue una insurrección popular y campesina contra la imposición del nuevo orden.
Las masas rurales del sur, que habían creído (alentadas por la retórica garibaldina) que la unificación traería consigo la redistribución de las tierras de los latifundios borbónicos y eclesiásticos, se encontraron con que el nuevo Estado aplicaba las mismas leyes económicas liberales que favorecían a los grandes propietarios.
La leva militar obligatoria, los impuestos directos sobre la molienda del grano, y el reclutamiento forzoso de jóvenes para una guerra que no sentían suya, generaron una rebelión endémica que el ejército piamontés sofocó con una brutalidad equiparable a la de cualquier potencia colonial europea en África o Asia.
Se declaró el estado de guerra, se ejecutaron sumarísimamente a miles de campesinos, se fusilaron pueblos enteros y se incendiaron cosechas.
Esta represión creó una herida psicológica colectiva en el sur: El sentimiento de haber sido "conquistados" más que "liberados", de ser ciudadanos de segunda categoría en un Estado que hablaba con acento piamontés y dictaba leyes desde Turín.
Nació así la "Cuestión Meridional" (Questione Meridionale), un debate político e intelectual que atravesaría toda la historia italiana: ¿Por qué el sur es más pobre? ¿Es una herencia del "atraso" borbónico o el resultado de un colonialismo interno practicado por el norte?
Intelectuales como Giustino Fortunato, Francesco Saverio Nitti y más tarde Antonio Gramsci denunciaron que la unificación había sido una "conquista regia" que subordinó los intereses del sur a los de la burguesía industrial y financiera del norte.
Perspectiva Económica e Infraestructural: La Construcción de un Mercado Nacional Desequilibrado
Económicamente, la unificación fue una operación de ingeniería financiera que transfirió la riqueza del sur al norte. La deuda pública piamontesa (que ascendía a unos 2.500 millones de liras) fue socializada y distribuida entre todos los italianos, mientras que las deudas de los antiguos Estados fueron asumidas por el nuevo Reino.
Pero la verdadera transferencia de recursos se produjo mediante la política fiscal, arancelaria y monetaria.
El Piamonte impuso su sistema tributario al sur, mucho más gravoso que el borbónico. La imposta sul macinato (impuesto sobre la molienda de granos) de 1868 afectó directamente a las clases populares, encareciendo el pan y provocando motines de hambre que fueron reprimidos sangrientamente.
La política comercial librecambista (favorecida por Cavour) benefició a la agricultura del norte (arroz, vino, seda) y a la industria incipiente, pero arruinó a la débil manufactura textil y a la agricultura de subsistencia del sur, que no podía competir con los cereales más baratos de importación.
El ferrocarril, el gran símbolo de la modernidad unitaria, se construyó con una geografía radial que conectaba las ciudades del norte con el valle del Po y con Europa, mientras que las conexiones transversales en el sur fueron sistemáticamente postergadas. Nápoles, que había sido capital de un reino y centro financiero, se convirtió en una periferia congestionada y dependiente.
Este dualismo territorial no fue accidental; fue el resultado de políticas deliberadas que favorecieron el "triángulo industrial" Milán-Turín-Génova.
La unificación económica, en lugar de converger, divergió: El norte inició su despegue industrial, mientras el sur se estancó en un latifundio cada vez más improductivo y en una emigración masiva que comenzaría en las décadas siguientes.
Perspectiva Cultural y Lingüística: La Invención de una Lengua Nacional y el Exilio de la Cultura Popular
Culturalmente, la proclamación del Reino de Italia encontró a un país que no hablaba italiano. En el momento de la unificación, se estima que solo entre el 2,5% y el 10% de la población utilizaba la lengua nacional (el florentino culto) en la vida cotidiana.
El resto de los italianos se comunicaban en sus dialectos locales, a menudo ininteligibles entre sí. El italiano era una lengua literaria, muerta para la oralidad, un privilegio de la élite alfabetizada.
La unificación impuso desde arriba un proceso de italianización forzada. La ley Casati (1859), extendida a toda Italia, estableció un sistema educativo centralizado, uniforme y obligatorio (solo en los primeros grados) que tenía como misión enseñar italiano a los italianos.
"Hecha Italia, hay que hacer a los italianos", proclamó Massimo d'Azeglio, capturando la esencia del proyecto: la nación existía jurídicamente, pero no cultural ni emocionalmente.
El Estado se propuso fabricar una identidad nacional mediante la escuela, el servicio militar obligatorio y la burocracia.
Este proyecto encontró una feroz resistencia pasiva. Para millones de campesinos, el italiano era el idioma del opresor, la lengua del soldado que reclutaba a sus hijos, del funcionario que cobraba impuestos, del juez que condenaba a los insurgentes.
La cultura popular los cantos, las fiestas, las tradiciones orales siguió siendo dialectal durante generaciones. La unificación lingüística se lograría solo en el siglo XX, gracias a la migración interna, la radio, la televisión y la escolarización masiva, pero a costa de una pérdida inmensa del patrimonio dialectal y de una fractura entre la "alta cultura" nacional y la "baja cultura" popular que nunca se suturó completamente.
Perspectiva de Memoria y Legado: El Risorgimento como Religión Civil y sus Fantasmas
El legado de 1861 es el de una celebración perpetua y una controversia permanente. El Risorgimento se convirtió inmediatamente en la religión civil del nuevo Estado, con su panteón de mártires, sus fechas sagradas (el 17 de marzo, el 20 de septiembre), sus monumentos (el Vittoriano en Roma) y sus ritos conmemorativos.
Se forjó una narrativa épica y progresiva: El resurgimiento de una nación milenaria oprimida por extranjeros y tiranos, redimida por el genio de sus héroes y la sangre de sus patriotas.
Pero esta narrativa ha sido incesantemente cuestionada desde el interior mismo de la historia italiana. El revisionismo histórico desde el meridionalismo de principios del siglo XX hasta la crítica gramsciana y la historiografía contemporánea ha desvelado las sombras del Risorgimento.
La represión del sur, la exclusión de las masas populares, la traición de las promesas democráticas, la violencia fundacional del Estado.
Para la izquierda italiana, la unificación fue una revolución pasiva (Gramsci), un cambio de estructuras sin participación popular que consolidó el poder de la burguesía agraria e industrial. Para el sur, fue una colonización.
Para la Iglesia católica, fue una usurpación. Para los monárquicos, fue una traición al principio legitimista. Cada fractura de la sociedad italiana norte-sur, Estado-Iglesia, capital-trabajo encuentra su origen en aquel 1861.
Hoy, la proclamación del Reino de Italia sigue siendo un evento abierto, no clausurado. El debate sobre el Risorgimento es el debate sobre la identidad nacional italiana misma.
¿Existe Italia como comunidad de destino o es solo una expresión geográfica (como dijo Metternich) que nunca logró convertirse en nación? ¿Fue la unificación una liberación o una conquista? ¿Debemos celebrar el 17 de marzo o recordarlo con ambivalencia?
Estas preguntas no son arqueológicas; emergen cada vez que resurge el separatismo norteño (Liga Norte), cada vez que se discute la autonomía diferenciada, cada vez que la cuestión meridional reaparece en las estadísticas económicas.
Reflexión Final: La Nación Incompleta como Destino
La proclamación del Reino de Italia en 1861 fue, en esencia, un acto de voluntad política anticipándose a la realidad social. Italia se declaró existente antes de existir realmente.
Fue una nación jurídica que necesitaba décadas quizás siglos para convertirse en nación cultural, lingüística, económica y emocional. Este desfase entre Estado y nación es su característica definitoria y su tragedia persistente.
Su grandeza reside en haber creído posible lo imposible: Unificar una península fragmentada durante catorce siglos, contra la voluntad de las potencias europeas, contra la resistencia de la Iglesia, contra la inercia de las masas campesinas. Su miseria reside en cómo se hizo, mediante la exclusión, la represión, la centralización autoritaria y la traición de las esperanzas populares.
El 17 de marzo de 1861 no fue un final, sino un comienzo problemático. Inauguró una lista interminable de "cuestiones" la cuestión romana, la cuestión meridional, la cuestión de la lengua, la cuestión social que el Estado italiano nunca logró resolver completamente.
En este sentido, Italia sigue siendo, como aquel 17 de marzo, una nación incompleta: Atrapada entre la grandeza de su patrimonio cultural y la fragilidad de su cohesión política, entre la memoria de sus héroes y el resentimiento de sus vencidos, entre el sueño de una comunidad fraterna y la realidad de una sociedad fracturada.
La unificación italiana fue un milagro político. Pero los milagros, cuando se realizan con métodos terrenales, dejan cicatrices. Y esas cicatrices en el sur, en la Iglesia, en las clases populares, en la conciencia de los intelectuales son el legado más duradero de aquel 1861.
Italia se hizo, pero no se encontró a sí misma. Y quizás, como han sugerido sus mejores pensadores, esa búsqueda infinita de una identidad siempre esquiva es precisamente su identidad.

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