El Levantamiento de Varsovia, librado entre el 1 de agosto y el 2 de octubre de 1944, fue el mayor acto de resistencia civil y militar contra la ocupación nazi en la Europa ocupada y una tragedia nacional de proporciones épicas para Polonia.
Que encapsuló no solo la lucha desesperada por la libertad, sino también la traición geopolítica que definiría el destino de Europa Central en la posguerra.
Este levantamiento, iniciado por el Ejército Nacional polaco (Armia Krajowa o AK), leal al gobierno polaco en el exilio en Londres, no fue un acto espontáneo de desesperación, sino una operación militar meticulosamente planeada, denominada Operación Tempestad.
Cuyo objetivo estratégico era liberar la capital polaca de las fuerzas alemanas justo antes de la llegada del Ejército Rojo soviético, para así poder recibir a los "liberadores" soviéticos como anfitriones soberanos y reafirmar la legitimidad del gobierno polaco legítimo, evitando la imposición de un régimen títere comunista.
El momento del levantamiento fue elegido con precisión crítica. A finales de julio de 1944, la ofensiva soviética Operación Bagratión avanzaba imparablemente hacia el oeste, llegando a las afueras de Varsovia en el distrito de Praga, al otro lado del río Vístula.
Las transmisiones de radio soviéticas emitían llamamientos constantes a la población de Varsovia para que se alzara en armas.
Convencidos de que el Ejército Rojo cruzaría el río para tomar la ciudad inminentemente, el comandante del AK, general Tadeusz Komorowski "Bór", con la autorización del gobierno en el exilio, dio la orden de comenzar la lucha a las 17:00 horas del 1 de agosto de 1944, la "Hora W".
Los primeros días del levantamiento fueron de un optimismo cauteloso. Cerca de 50,000 combatientes del AK, en su mayoría jóvenes mal armados (tenían armas para apenas 2,500-3,500 hombres para los primeros días de combate).
Apoyados por toda la población civil, lograron sorprender a los alemanes y capturar grandes sectores del centro de la ciudad, incluyendo distritos clave como Śródmieście, Powiśle y la Ciudad Vieja.
Sin embargo, fracasaron en tomar puntos estratégicos vitales como los puentes sobre el Vístula, los aeródromos y las sedes de la Gestapo y las SS.
Este fracaso inicial permitió a los alemanes, bajo el mando despiadado de los SS-Obergruppenführer Erich von dem Bach-Zelewski y el notorio general de las SS Heinz Reinefarth, reorganizarse y traer refuerzos masivos.
Incluyendo unidades de castigo dirigidas por criminales y colaboradores como la Brigada SS RONA del brigand leader Bronislav Kaminski y la Brigada de Asalto Dirlewanger compuesta por criminales convictos, conocidas por su sadismo y brutalidad extrema.
Lo que siguió fue una de las campañas de contra-insurgencia más brutales de la Segunda Guerra Mundial. Adolf Hitler, furioso, ordenó que la ciudad fuera "borrada de la faz de la tierra" y que todo civil insurgente fuera ejecutado.
Las fuerzas alemanas implementaron esta orden con precisión metódica. Avanzaron casa por casa, volando edificios enteros con habitantes dentro, utilizando lanzallamas y vehículos blindados especiales (Goliath) para limpiar los búnkeres.
Las masacres de civiles fueron generalizadas y sistemáticas, siendo la más infame la matanza de Wola, donde entre el 5 y el 7 de agosto, unidades bajo el mando de Reinefarth asesinaron a entre 40,000 y 50,000 hombres, mujeres y niños en una orgía de violencia calculada diseñada para aterrorizar a la ciudad hasta la sumisión.
Mientras la ciudad se desangraba, la actitud del Ejército Rojo, acampado a pocos cientos de metros al otro lado del Vístula, se convirtió en el elemento más controvertido y políticamente decisivo del levantamiento.
A pesar de las súplicas desesperadas de los polacos, las fuerzas soviéticas detuvieron deliberadamente su avance.
No ofrecieron apoyo aéreo significativo, rechazaron permitir que aviones aliados occidentales que realizaban lanzamientos de suministros desde Italia utilizaran sus bases (obligándolos a realizar viajes de ida y vuelta extremadamente peligrosos), y, lo más condenatorio, se negaron a lanzar su propio asalto para cruzar el Vístula y vincularse con los insurgentes hasta que fue demasiado tarde.
Esta pasividad no fue accidental; fue una decisión política calculada por Iósif Stalin, quien veía al nacionalista y leal a Londres AK como un obstáculo para su plan de imponer un gobierno comunista títere en la Polonia de posguerra. Permitir que los nazis destruyeran a la élite política y militar polaca no comunista le convenía perfectamente.
Aislados y abandonados, los insurgentes del AK y la población civil de Varsovia lucharon durante 63 días en condiciones cada vez más infernales. La ciudad se convirtió en un paisaje lunar de escombros, sin agua, electricidad ni alimentos adecuados.
Los combatientes se movían a través de alcantarillas para mantener las líneas de comunicación entre los distritos aislados, un esfuerzo heroico pero costoso. Los limitados lanzamientos aéreos occidentales fueron insuficientes y muchos cayeron en manos alemanas.
El 2 de octubre de 1944, con sus municiones agotadas, sin esperanza de auxilio y para evitar una aniquilación total, el general "Bór" Komorowski se vio obligado a firmar un acta de rendición.
Los términos, negociados con von dem Bach, concedían a los combatientes del AK el estatus de prisioneros de guerra según la Convención de Ginebra, una concesión rara de los alemanes que pretendía evitar una lucha hasta el final.
Aproximadamente 15000 insurgentes fueron enviados a campos de prisioneros de guerra. Sin embargo, para la ciudad y su gente, la victoria fue apocalíptica.
Las bajas polacas ascendieron a unas 200000 muertos, en su mayoría civiles masacrados, y la ciudad fue sistemáticamente destruida por equipos de demolición alemanes tras el levantamiento, cumpliendo la orden de Hitler: El 85% de Varsovia fue reducida a escombros.
Las consecuencias del Levantamiento de Varsovia resonaron profundamente. Fue una derrota militar cataclísmica para el AK y el gobierno en el exilio, asegurando que la Polonia de posguerra cayera bajo la esfera de influencia soviética.
Se convirtió en un símbolo eterno del heroísmo nacional polaco y de la traición aliada, una herida en la conciencia occidental y un presagio sombrío de la Guerra Fría que se avecinaba.
La lucha demostró el increíble coraje del espíritu humano, pero también la despiadada realidad de la política de poder internacional, donde los ideales a menudo se sacrifican en el altar de la Realpolitik.
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