Existe un prejuicio muy extendido según el cual las personas pobres son pobres porque gastan su dinero en «vicios»: alcohol, cigarrillos, drogas, juegos de azar u otros consumos considerados innecesarios.
Esta idea parece ofrecer una explicación sencilla de un fenómeno complejo: si alguien no logra salir de la pobreza, sería porque administra mal su dinero. Sin embargo, esta explicación no solo simplifica excesivamente la realidad, sino que también convierte un problema social y económico en una supuesta falla moral individual.
Los vicios no son exclusivos de las personas pobres. El consumo problemático de alcohol, tabaco, drogas o el juego atraviesa a toda la sociedad. Personas de clase media y alta también consumen sustancias, desarrollan adicciones y realizan gastos que podrían considerarse prescindibles.
La diferencia es que, en muchos casos, sus ingresos les permiten sostener esos consumos sin caer en una situación de pobreza visible. Por eso, cuando una persona con pocos recursos compra alcohol o cigarrillos, ese gasto suele ser interpretado como la causa de su pobreza; cuando una persona con mayores ingresos realiza gastos similares, rara vez se utiliza ese comportamiento para explicar su situación económica.
Los datos disponibles en Argentina tampoco permiten afirmar que la pobreza sea simplemente consecuencia de los «vicios». La Encuesta Nacional sobre Consumos y Prácticas de Cuidado, elaborada por Sedronar junto con el INDEC, estudió el consumo de sustancias en una amplia población urbana de entre 16 y 75 años.
El propio diseño de esta investigación reconoce que los consumos son fenómenos complejos, relacionados con múltiples factores sociales, culturales, económicos y personales. No existe, por lo tanto, una relación automática que permita decir que ser pobre produce determinados consumos o que determinados consumos explican por sí solos la pobreza.
Además, es importante diferenciar entre consumo y consumo problemático. Que una persona consuma alcohol, tabaco u otra sustancia no significa necesariamente que tenga una adicción ni que ese consumo explique su situación económica.
Estudios recientes realizados en Argentina continúan mostrando que los patrones de consumo de riesgo están atravesados por factores como la edad y el género, y no pueden reducirse a una única condición económica.
La pobreza, por otra parte, se mide a partir de una cuestión mucho más amplia: la capacidad de los ingresos de un hogar para cubrir necesidades esenciales.
Según los datos más recientes del INDEC, correspondientes al segundo semestre de 2025, el 28,2% de las personas de los 31 principales aglomerados urbanos se encontraba por debajo de la línea de pobreza y el 6,3% en situación de indigencia. Es decir, millones de personas enfrentaban dificultades para acceder a una canasta de bienes y servicios esenciales.
Por definición, entonces, la pobreza está vinculada principalmente a la insuficiencia de ingresos frente al costo de satisfacer necesidades básicas. El INDEC calcula esta situación considerando una canasta que incluye alimentación y también otros gastos fundamentales, como vestimenta, transporte, educación y salud.
Reducir este problema a la idea de que una persona es pobre porque «gasta mal» significa ignorar cuestiones como los bajos salarios, el desempleo, la precariedad laboral, la inflación, el costo de vida y las desigualdades en el acceso a oportunidades.
También hay una cuestión importante de perspectiva. Las personas de mayores ingresos pueden gastar sumas importantes de dinero en alcohol, tabaco, apuestas, ocio, compras lujosas u otras actividades sin que nadie interprete automáticamente que esos gastos son la explicación de sus problemas económicos.
En cambio, cuando una persona pobre realiza un gasto considerado innecesario, ese consumo puede ser presentado como una prueba de irresponsabilidad. De esta manera aparece un doble estándar: el mismo comportamiento es juzgado de forma diferente según la posición social de quien lo realiza.
Esto no significa negar que las adicciones puedan provocar graves consecuencias económicas y sociales. Una adicción puede afectar a cualquier persona y, cuando existe una situación económica vulnerable, sus consecuencias pueden ser todavía más graves.
Pero reconocer esto es muy diferente de afirmar que la pobreza es causada, en general, por los vicios. Una cosa es aceptar que determinados consumos problemáticos pueden empeorar una situación económica; otra muy distinta es convertir esos consumos en la explicación principal de por qué millones de personas viven en la pobreza.
El prejuicio de que «los pobres son pobres porque tienen vicios» resulta cómodo porque individualiza la responsabilidad.
En lugar de preguntarse por qué existen empleos mal remunerados, desigualdades educativas, dificultades para acceder a una vivienda o períodos de crisis económica, la sociedad puede atribuir el problema a las decisiones personales de quienes padecen la pobreza. Así, una realidad estructural se transforma en una supuesta falta de disciplina o responsabilidad individual.
En definitiva, los vicios no tienen una clase social. El alcoholismo, el tabaquismo, las adicciones y el juego problemático pueden afectar a personas ricas, pobres y de sectores medios. Lo que sí cambia según la situación económica son los recursos disponibles para enfrentar sus consecuencias.
Por eso, asociar automáticamente la pobreza con los vicios es un prejuicio: confunde una condición económica con una característica moral y simplifica un problema complejo. Comprender la pobreza exige mirar las condiciones materiales, sociales y económicas que afectan a las personas, en lugar de utilizar sus consumos cotidianos como una explicación automática de su situación.

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