El 24 de enero de 1859 (5 de enero según el calendario juliano), el coronel Alexandru Ioan Cuza fue elegido príncipe de Moldavia, y pocos días después, también de Valaquia, consumando de hecho la unificación de los dos principados danubianos bajo un mismo gobernante.
Este proceso, conocido como la “Pequeña Unión”, se formalizaría oficialmente en 1861-1862 con el reconocimiento por parte de las potencias otomanas y europeas, dando nacimiento al estado de Rumanía (nombre adoptado oficialmente en 1862).
Desde una perspectiva histórica, la unificación fue el resultado de décadas de despertar nacional rumano, inspirado por las revoluciones de 1848, el movimiento intelectual de la escuela transilvana (“Transilvania” aún bajo dominio austríaco) y la presión de las élites boyardas que buscaban modernizar y librarse del control del Imperio Otomano (del que Moldavia y Valaquia eran principados vasallos, pero autónomos desde 1829 por el Tratado de Adrianópolis).
El contexto geopolítico fue favorable tras la guerra de Crimea (1853-1856): el Tratado de París de 1856 creó una comisión europea que permitió a los principados tener asambleas consultivas y cierta libertad, aunque bajo soberanía otomana.
La doble elección de Cuza, un político reformista de origen modesto, fue una audaz maniobra de los unionistas (el partido “Unión Nacional”) que burló el veto de Austria y el Imperio Otomano.
En 1861, tras largas negociaciones, la Sublime Puerta y las potencias europeas (Francia, Gran Bretaña, Rusia, Prusia, Cerdeña) reconocieron la unificación administrativa y legislativa, y en febrero de 1862 se formó el primer gobierno unificado bajo Cuza, con Bucarest como capital.
Así se sentaron las bases del estado moderno rumano, aunque la unificación definitiva (con Transilvania, Bucovina y Besarabia) no se completaría hasta 1918.
Políticamente, la unificación significó el fin del sistema de regímenes separados y la creación de un estado centralizado con un solo príncipe, una sola asamblea legislativa y un gobierno común, aunque las potencias conservadoras (especialmente Austria y el Imperio Otomano) impusieron que Moldavia y Valaquia mantuvieran ciertos símbolos separados (sellos, banderas) durante un tiempo.
Alexandru Ioan Cuza, un reformador decidido, impulsó luego una serie de transformaciones radicales: la secularización de las tierras monásticas (1863), la reforma agraria que liberó a los campesinos de la servidumbre (1864) y la creación de un sistema educativo público y de una universidad moderna.
Sin embargo, su estilo autoritario y las tensiones con los boyardos conservadores y los liberales radicales provocaron su derrocamiento en 1866, siendo reemplazado por el príncipe alemán Carol I de Hohenzollern-Sigmaringen, quien consolidaría la independencia y el reino de Rumanía (1881).
Económicamente, la unificación permitió la integración de dos economías complementarias: Moldavia, más agrícola y ganadera, y Valaquia, con mayor comercio y nascentes industrias petroleras.
Se eliminaron las barreras aduaneras internas, se adoptó una moneda común (el leu rumano a partir de 1867), se planificaron infraestructuras compartidas (ferrocarriles, puertos en el Danubio) y se inició la modernización capitalista.
La reforma agraria de Cuza, aunque limitada y no plenamente satisfactoria (los campesinos recibieron tierras pero tuvieron que pagar compensaciones), rompió el antiguo régimen de corvée y creó una clase de pequeños propietarios, pero también generó descontento entre los grandes terratenientes.
Social y culturalmente, la unificación actuó como catalizador de la identidad nacional rumana. El idioma rumano (basado en el dialecto valaco) se impuso como lengua oficial, se fundó la Sociedad Literaria Rumana (más tarde Academia Rumana), y se promovió una narrativa histórica común que reivindicaba la herencia romana (de ahí el nombre “Rumanía”) y la continuidad daco-romana.
La iglesia ortodoxa, dividida hasta entonces en dos metrópolis, se unificó eclesialmente. Surgió una burguesía nacionalista, intelectuales como Mihail Kogălniceanu (primer ministro) y poetas como Vasile Alecsandri que celebraron la unión.
No obstante, persistieron diferencias regionales: Moldavia sentía cierto recelo por el centralismo bucarestino, y las minorías (griegos, búlgaros, judíos, gitanos) quedaron en posiciones subordinadas, con los judíos siendo excluidos de derechos civiles plenos hasta finales del siglo XIX.
Desde una perspectiva legal y constitucional, la unificación se basó inicialmente en los tratados internacionales (Convención de París de 1858, que establecía dos principados separados pero con asambleas comunes y un tribunal de casación común) y luego en el Estatuto de Cuza de 1864 (una constitución autoritaria pero progresista).
La posterior Constitución de 1866 (tras el reemplazo de Cuza) consolidó la monarquía constitucional y sirvió de base para el estado rumano hasta 1923.
Comparativamente, la unificación de Moldavia y Valaquia es un ejemplo notable de construcción nacional en Europa del Este, paralela a la unificación italiana (Risorgimento) y alemana, pero con características propias: fue liderada por élites locales sin una guerra de independencia inmediata (aunque sí con apoyo diplomático francés) y se logró sin destruir por completo el vasallaje otomano, que recién se rompió en la guerra de independencia de 1877-1878.
A diferencia de la unificación alemana bajo Prusia, el proceso rumano fue más pacífico y “desde arriba”, pero también frágil, pues Transilvania (con mayoría rumana) permaneció bajo dominio austrohúngaro hasta 1918, alimentando un irredentismo que sería clave en las guerras balcánicas y la Primera Guerra Mundial.
En reflexión final, la unificación de 1859-1862 fue el acta fundacional de la Rumanía moderna, que transformó dos provincias otomanas atrasadas en un estado nacional con ambiciones de modernización europea.
Sentó las bases para las reformas de Cuza, la dinastía Hohenzollern, la independencia de 1877, el Reino de Rumanía (1881) y la Gran Rumanía de 1918. Es un ejemplo de cómo los movimientos nacionalistas decimonónicos, apoyados por coyunturas internacionales favorables, pudieron crear nuevos estados en el mapa europeo, aunque con tensiones internas y fronteras aún no cerradas.
La semilla plantada aquel 24 de enero de 1859 (hoy Día de la Unión en Rumanía) sigue siendo un símbolo central de la identidad nacional rumana.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario