La Batalla de Kursk, librada entre el 5 de julio y el 23 de agosto de 1943 en las vastas estepas de la Unión Soviética, representa no solo la mayor batalla de tanques de la historia humana, sino el punto de inflexión definitivo en el Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial, el momento en que la iniciativa estratégica pasó irrevocablemente de las manos, de la Alemania Nazi a las de la Unión Soviética.
Esta colosal confrontación, bautizada por los alemanes como Operación Ciudadela (Unternehmen Zitadelle), fue el último gran esfuerzo ofensivo de la Wehrmacht en el este y se convirtió, en cambio, en una tumba para sus ambiciones y para lo que quedaba de su poderío acorazado.
Fue una batalla de una escala y una ferocidad casi incomprensibles, donde la planificación meticulosa, la inteligencia, la producción industrial masiva y la capacidad de sacrificio soviética se impusieron al poder de combate táctico alemán, marcando el inicio de la contraofensiva soviética imparable que no se detendría hasta las puertas de Berlín.
El contexto estratégico que llevó a Kursk se originó en los resultados de las campañas de invierno y primavera de 1943. Los contraataques soviéticos tras la victoria en Stalingrado habían creado un saliente, profundo y prominente de unos 250 kilómetros de ancho y 160 de profundidad en las líneas del frente alrededor de la ciudad de Kursk, penetrando en las posiciones alemanas.
Para el alto mando alemán, este saliente representaba una oportunidad perfecta para una operación de tenazas clásica. El plan, fuertemente promovido por el mariscal Erich von Manstein pero debatido y retrasado repetidamente por Hitler, consistía en lanzar dos poderosos golpes convergentes desde el norte, desde la región de Orel con el Grupo de Ejércitos Centro (mariscal Günther von Kluge), y desde el sur, desde la región de Bélgorod con el Grupo de Ejércitos Sur (von Manstein).
El objetivo era rodear y aniquilar a las fuerzas soviéticas dentro del saliente, acortar las líneas del frente y recuperar la iniciativa perdida tras Stalingrado.
Sin embargo, lo que los alemanes planeaban como una sorpresa táctica se convirtió en el secreto peor guardado del frente. La inteligencia soviética, a través de fuentes de alto nivel como la red de espías "Lucy" y un meticuloso reconocimiento aéreo y terrestre, conocía los planes alemanes con asombroso detalle.
Esto permitió al alto mando soviético, bajo la dirección suprema de los mariscales Georgy Zhukov y Aleksandr Vasilevsky, preparar una defensa en profundidad sin precedentes. En lugar de lanzar una ofensiva preventiva, decidieron adoptar una estrategia defensiva para desangrar a las fuerzas blindadas alemanas y luego lanzar sus propias contraofensivas masivas.
El mariscal Konstantin Rokossovsky comandó el Frente Central defendiendo el flanco norte del saliente, mientras que el mariscal Nikolai Vatutin comandó el Frente de Vorónezh en el sur. Detrás de ellos, el mariscal Ivan Konev preparó la enorme reserva móvil del Frente de la Estepa.
Las defensas soviéticas eran una obra maestra de la ingeniería militar. Se construyeron ocho cinturones defensivos consecutivos, que se extendían hasta 300 kilómetros hacia la retaguardia.
Estos incluían millones de minas anti-tanque y anti-personal, vastos campos de trincheras, intricados campos de fuego de ametralladoras, fortines anticarro y posiciones de artillería masivamente concentradas. Era una trampa destinada a canalizar y detener la embestida blindada alemana.
La ofensiva alemana se inició finalmente en las primeras horas del 5 de julio de 1943. El ataque fue precedido por los mayores duelos de artillería de la guerra hasta esa fecha, pero los soviéticos, alertados por desertores, lanzaron un contra-bombardeo preventivo que desorganizó las formaciones de asalto alemanas.
El avance en el norte, a cargo del 9º Ejército del general Walter Model, se estancó rápidamente frente a las formidables defensas de Rokossovsky, logrando una penetración de apenas 12 kilómetros antes de ser detenido por completo.
El peso principal de la batalla recayó en el sur, donde von Manstein había concentrado lo mejor de sus fuerzas blindadas, incluyendo los nuevos y poderosos tanques Pantera Tiger y Elefant, de los que esperaba una superioridad técnica decisiva.
Aunque lograron penetraciones más profundas, cada kilómetro se pagó con un costo exorbitante en hombres y blindados, que eran constantemente emboscados por los bien camuflados cañones anti-carro soviéticos y por ataques aéreos.
El punto culminante de la batalla, y de toda la guerra acorazada, se alcanzó el 12 de julio cerca de la localidad de Projorovka. Aquí, el II Cuerpo Panzer de las SS del general Paul Hausser se enfrentó en un encuentro feroz y caótico con el 5º Ejército de Tanques de la Guardia del general Pavel Rotmistrov.
Cientos de tanques de ambos bandos se enzarzaron en un combate a corta distancia, a menudo chocando entre sí cuando se agotaba la munición.
La batalla fue un torbellino de humo, fuego y metal, con pérdidas terribles para ambos bandos. Aunque no fue una victoria táctica clara para ninguno, estratégicamente fue una derrota alemana: La punta de lanza blindada de la Wehrmacht fue detenida en seco y no pudo alcanzar su objetivo de ruptura. La iniciativa pasó irrevocablemente a los soviéticos.
El 13 de julio, Hitler, alarmado por el desembarco aliado en Sicilia (Operación Husky) y el estancamiento de la ofensiva, tomó la decisión de cancelar la Operación Ciudadela y comenzar a desviar divisiones hacia el oeste.
Este fue el momento que los soviéticos estaban esperando. Inmediatamente lanzaron sus masivas contraofensivas planificadas: la Operación Kutúzov contra el saliente de Orel en el norte (12 de julio) y la Operación Rumyántsev contra el saliente de Bélgorod-Járkov en el sur (3 de agosto).
Estas ofensivas barrieron a las exhaustas y diezmadas fuerzas alemanas, liberando Orel, Bélgorod y finalmente Járkov el 23 de agosto, fecha que marca el fin oficial de la batalla.
Las consecuencias de Kursk fueron catastróficas para Alemania. Perdió aproximadamente 50,000 hombres y entre 700 y 1,000 tanques destruidos o inservibles, pérdidas que ya no pudo reponer.
La fe en la superioridad técnica alemana se quebró ante la resiliencia del T-34 soviético y la abrumadora producción de material de guerra. Para la URSS, Kursk fue una victoria costosa pero total, que demostró la madurez de su mando militar y la superioridad de su estrategia.
A partir de ese momento, el Ejército Rojo no haría más que avanzar hacia el oeste, mientras la Wehrmacht se veía condenada a una defensa constante y desesperada. Kursk fue, en esencia, el funeral de la capacidad ofensiva alemana en el este y el amanecer de la liberación soviética.
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