Maurice Auguste Chevalier (París, 12 de septiembre de 1888 – París, 1 de enero de 1972) fue más que un cantante, actor o galán de escenario: Fue el alma alegre del París de entreguerras, el embajador del guiño cómplice, el sombrero canotier y la canción silbada en la bruma de Montmartre.
Célebre por sus papeles en comedias musicales durante las décadas de 1920 y 1930, Chevalier encarnó durante décadas un espíritu francés refinado, juguetón y entrañable.
Una vocación nacida en los cafés-concert
Su historia comienza en los caf’conc’ del barrio de Ménilmontant, donde a finales del siglo XIX un joven de origen humilde comenzaba a dibujar su destino sobre pequeños escenarios de humo y piano desafinado.
Pero su ascenso se vio interrumpido en 1914, cuando la Primera Guerra Mundial lo arrastró a las trincheras. Allí fue herido por metralla y hecho prisionero en Alemania, hasta que, en 1916, recuperó su libertad gracias a la intervención humanitaria del rey Alfonso XIII de España.
El ascenso del dandi francés
Ya de regreso, el destino se disfrazó de mujer: Mistinguett, diva del music hall, lo descubrió y lo llevó al estrellato como su partenaire. Desde entonces, Chevalier cultivó la imagen del dandi pícaro, que combinaba elegancia despreocupada con el acento popular del extrarradio parisino.
Supo conservar esa cadencia incluso cuando cantaba en perfecto inglés. Éxitos como Valentine y Dans la vie faut pas s’en faire marcaron la década de 1920.
En 1928 cruzó el Atlántico hacia Hollywood, donde brilló en musicales como The Love Parade y The Big Pond, y conquistó a públicos angloparlantes con su encanto irresistible.
En 1934 deslumbró en las versiones inglesa y francesa de The Merry Widow, bajo la dirección de Ernst Lubitsch. Su etapa estadounidense se extendió hasta 1935.
Regreso a París y consagración
De vuelta en Francia, retomó su estatus de estrella con canciones como Prosper (1935), Ma Pomme (1936), Y a d’la joie (1938) y la nostálgica Marche de Ménilmontant (1941), auténticos himnos del espíritu popular francés.
Durante la ocupación alemana, Chevalier optó por mantenerse en escena sin confrontación abierta, lo que le costó un descenso en su popularidad tras la Liberación. Sin embargo, su carisma prevaleció: pronto volvió a encabezar carteleras y a reinventarse, incluso incursionando en el twist con Avec mon canotier en los años 60.
Últimos papeles y despedida
En la segunda mitad de su carrera, brilló bajo la dirección de René Clair en Le silence est d’or, y en producciones internacionales como Gigi (1958) de Vincente Minnelli, donde volvió a fascinar al público global.
En Fanny (1961), basada en la trilogía de Marcel Pagnol, encarnó con ternura al entrañable Panisse. Por su trayectoria fue galardonado en 1959 con un Óscar Honorífico, consagrando su legado en el mundo del espectáculo.
En 1968, con la dignidad de un viejo trovador que ha dicho todo lo que debía cantar, se despidió de los escenarios. Murió en su natal París el 1 de enero de 1972, a los 83 años, y fue sepultado en el Cimetière Nouveau de Marnes-la-Coquette, al oeste de la capital francesa.
En la cultura popular
Chevalier vivió más allá de sí mismo: fue citado con afecto en obras como Mi planta de naranja lima y Vamos a calentar el sol, del brasileño José Mauro de Vasconcelos, donde aparece como un personaje tierno e imaginario que acompaña la infancia de Zezé.
En la película Monkey Business (1931) de los Hermanos Marx, su imagen figura en los pasaportes cómicamente intercambiables de los protagonistas. También fue homenajeado en la animación: Betty Boop lo imitó en el corto Stopping the Show (1932), cantando su icónico “Hello, Beautiful”.
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