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martes, 10 de junio de 2025

Eulalia Guzmán Barrón



Eulalia Guzmán Barrón (San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas, 12 de febrero de 1890 – Ciudad de México, 1 de enero de 1985).


Maestra, arqueóloga, feminista, rebelde


Eulalia Guzmán fue mucho más que una pedagoga o científica: fue una de esas raras figuras que conjugan la inteligencia con la acción, el pensamiento con la tierra, la palabra con la excavación.


Nacida en un pequeño poblado zacatecano, su vida tomó rumbo desde niña cuando su familia se trasladó a la capital. A los 14 años ya enseñaba, y a los 20, ya luchaba. 


Junto a pioneras como Hermila Galindo y Laura N. Torres, alzó la voz por el sufragio femenino cuando las mujeres aún no tenían derecho ni a ser escuchadas. Militante del antirreeleccionismo, simpatizante de Emiliano Zapata, Eulalia no separó nunca su vocación educativa de su compromiso político.


Fue una viajera incansable: cruzó fronteras para formarse, debatir y observar. De Baltimore a Ginebra, de Berlín a Jena, llevó consigo el sueño de una educación popular, inclusiva, liberadora. 


Con José Vasconcelos, fundó el primer Departamento de Alfabetización del país. Fue inspectora, catedrática, jefa de departamentos, y formadora de generaciones enteras.


Pero su espíritu inquieto no se detuvo en las aulas. En 1932, acompañó a Alfonso Caso en las excavaciones de Monte Albán y participó en el hallazgo de la famosa Tumba 7, una joya de la arqueología mesoamericana. Luego exploró la Mixteca Alta, Chiapas, Morelos. Buscaba en las piedras el eco de lo que la historia había silenciado.


En 1949, su nombre estalló en la prensa nacional: Eulalia defendió que unos restos hallados en Ixcateopan, Guerrero, eran los del último tlatoani mexica, Cuauhtémoc. 


La comunidad científica se dividió. Sus métodos fueron cuestionados, su juicio debatido, pero ella nunca dejó de creer. Para muchos, su convicción fue símbolo de una lucha más profunda: la de dignificar las raíces indígenas del país.


Murió en 1985, casi centenaria, sin haber sido completamente reconocida en vida. Pero su huella está ahí: en cada escuela que alfabetizó, en cada niña a la que empoderó, en cada estudiante que levantó la vista para hacerse preguntas.


Desde 1976, una avenida lleva su nombre en la Ciudad de México. Pero su verdadero monumento está en la memoria de quienes saben que la educación también puede ser una forma de rebeldía, y la arqueología, una forma de justicia.





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