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viernes, 2 de mayo de 2025

Chiune Sugihara


Chiune Sugihara: el diplomático japonés que desobedeció para salvar vidas


Chiune Sugihara nació el 1 de enero de 1900, en una zona rural de la prefectura de Gifu, en Japón. A lo largo de su vida, atravesó guerras, crisis diplomáticas y destinos lejanos, pero lo que lo convirtió en una figura inmortal fue una decisión que tomó en silencio, con un sello en la mano y una fila de refugiados judíos esperando su única oportunidad de sobrevivir.


Primeros pasos de un futuro diplomático


Criado en una familia tradicional —su madre de ascendencia samurái y su padre empleado del gobierno—, Chiune parecía destinado a una vida disciplinada. Sin embargo, desde joven mostró una voluntad firme. 


Rechazó el destino que su padre le había marcado como médico, fallando intencionadamente los exámenes de ingreso. Optó por estudiar literatura inglesa en la Universidad de Waseda, y más tarde se preparó para una carrera diplomática, dominando varios idiomas, incluido el ruso, mientras trabajaba en Harbin, China.


Allí conoció de cerca la situación política internacional, negoció con la Unión Soviética y fue testigo de la brutalidad japonesa en Manchuria, razón por la que renunció a un alto cargo en protesta. En Harbin también se convirtió al cristianismo ortodoxo y se casó con una mujer rusa, aunque el matrimonio no duró. De regreso a Japón, se casó con Yukiko Sugihara, con quien tendría cuatro hijos.


El momento que definió su vida: Lituania, 1940


En 1939, Sugihara fue destinado como vicecónsul japonés en Kaunas, la capital temporal de Lituania. Su misión principal era observar los movimientos militares alemanes y soviéticos. Pero todo cambió en 1940, cuando miles de refugiados judíos —muchos escapando de la ocupación nazi en Polonia— comenzaron a congregarse frente al consulado japonés. Pedían visados de tránsito para Japón, su única vía de escape.


El gobierno japonés impuso condiciones estrictas para concederlos: los solicitantes debían tener visado de entrada a un tercer país y fondos suficientes. La mayoría no cumplía con estos requisitos. Sugihara pidió permiso tres veces a Tokio para ayudarles, y las tres veces recibió un rotundo "no".


Entonces tomó una decisión extraordinaria: desobedeció las órdenes.


Entre julio y septiembre de 1940, escribió miles de visados a mano, día y noche, durante más de 20 horas diarias. Se estima que salvó a unas 6000 personas, posiblemente más, ya que muchos visados cubrían a familias enteras. Incluso el día que abandonó Lituania, siguió escribiendo en el hotel, en la estación, y hasta desde el tren, lanzando los últimos visados por la ventana a los refugiados que aún esperaban.


De héroe a marginado


Después de Lituania, Sugihara fue destinado a Praga, Königsberg y Bucarest. Al final de la guerra, fue capturado por los soviéticos y pasó 18 meses en un campo de prisioneros junto a su familia. En 1947, de vuelta en Japón, el Ministerio de Exteriores le forzó a renunciar a su carrera diplomática. Nunca le dieron una explicación oficial, pero todo apuntaba a su acto de desobediencia en Kaunas.


Cuando le preguntaron por qué lo hizo, respondió con un proverbio samurái:


"El buen cazador no mata al pájaro que busca refugio."


Y también, con una convicción profunda:


"Voy a tener que desobedecer a mi Gobierno, pero si no lo hago, estaría desobedeciendo a Dios."


El reconocimiento tardío


Años más tarde, mientras vivía de forma humilde trabajando para empresas comerciales, un joven israelí —uno de los niños que él había salvado— lo localizó. En 1985, fue nombrado Justo entre las Naciones por el Estado de Israel. Estaba demasiado enfermo para viajar, así que su esposa y su hijo aceptaron el honor en su nombre. Le concedieron también la ciudadanía israelí honoraria.


Chiune Sugihara murió el 31 de julio de 1986, sin haber recibido un reconocimiento oficial en su país durante su vida. Solo cuando una gran delegación judía asistió a su entierro, sus vecinos japoneses descubrieron quién había sido realmente.



Un acto de humanidad en tiempos inhumanos


Chiune Sugihara no era un político poderoso, ni un militar con influencia. Era un funcionario de nivel medio que, frente a una multitud desesperada, eligió la compasión sobre la obediencia. En su escritorio, con cada visado que escribía, salvaba una vida y desafiaba el curso de la historia. Su legado nos recuerda que, a veces, la valentía más grande es la que se ejerce en silencio.






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