Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, bautizado el 1 de enero de 1618 – 3 de abril de 1682) fue uno de los grandes maestros de la pintura barroca española. Reconocido por su sensibilidad luminosa y su estilo amable, supo evolucionar desde un naturalismo severo hacia formas más suaves y sentimentales que, en algunas de sus obras, anticipan el rococó. Personalidad central de la escuela sevillana, su influencia se extendió durante todo el siglo XVII y buena parte del XVIII, tanto en España como en el extranjero, donde fue uno de los pintores españoles más admirados de su tiempo.
Infancia y formación
Murillo nació en Sevilla a finales de 1617, siendo bautizado el 1 de enero de 1618 en la parroquia de Santa María Magdalena. Era el menor de catorce hermanos, fruto del matrimonio entre Gaspar Esteban, un barbero-cirujano de notable posición económica, y María Pérez Murillo, perteneciente a una familia de plateros, con vínculos también con el mundo artístico. Adoptó comúnmente el apellido materno, como era costumbre de la época.
Huérfano de padre y madre a los nueve años, Murillo quedó bajo la tutela de su hermana Ana y su esposo Juan Agustín de Lagares, barbero-cirujano como su padre. Vivió con ellos hasta su matrimonio en 1645, manteniendo una relación de confianza y cercanía que se prolongaría toda su vida.
Su formación inicial como pintor se llevó a cabo, probablemente, en el taller de Juan del Castillo, un pintor sevillano de estilo amable pero académico, cuyo trazo algo seco se percibe en las primeras obras atribuidas a Murillo.
Primeros pasos en el arte
En 1633, siendo aún adolescente, solicitó permiso para viajar a América, lo que sugiere que en sus inicios trabajó en la pintura de obras devocionales destinadas al lucrativo mercado de Indias. No obstante, parece que nunca concretó ese viaje.
Antonio Palomino, su primer biógrafo, relata que tras adquirir algo de experiencia, Murillo se encerró a estudiar intensamente del natural, trabajando en solitario hasta que estuvo preparado para presentarse públicamente. No parece probable que viajara a Italia, como sugerían algunos cronistas extranjeros; su formación fue esencialmente local, nutrida de la intensa vida artística sevillana.
Su primer gran encargo fueron los lienzos para el claustro chico del Convento de San Francisco en Sevilla, obras que le otorgaron un rápido y merecido prestigio.
Obra
Murillo comenzó influido por el naturalismo tenebrista de maestros como Francisco de Zurbarán o Francisco de Herrera el Viejo, pero pronto su estilo fue adquiriendo mayor ligereza cromática, dulzura expresiva y un tratamiento más luminoso de la luz. Esta evolución culminó en un estilo barroco pleno, caracterizado por composiciones equilibradas, figuras de rasgos delicados y una atmósfera serena y espiritual.
Entre sus creaciones más emblemáticas están sus múltiples versiones de la Inmaculada Concepción, donde idealiza la imagen de la Virgen María con una belleza juvenil y una gran delicadeza. También sus representaciones de niños mendigos, una de las más importantes aportaciones a la pintura de género española, destacan por su ternura y naturalismo.
Además de sus obras religiosas, Murillo pintó escenas cotidianas de la vida popular sevillana —niños pidiendo limosna, jóvenes vendedores ambulantes— con un realismo afectuoso y lleno de humanidad.
Reconocimiento y legado
En vida, Murillo fue altamente solicitado por iglesias, conventos y mecenas privados. Su prestigio traspasó fronteras, y su nombre llegó a ser conocido en toda Europa. Joachim von Sandrart, historiador alemán, le dedicó una breve y romántica biografía en su Academia nobilissimae artis pictoriae (1683), donde incluyó incluso un grabado del autorretrato de Murillo realizado por Richard Collin.
Entre sus discípulos y seguidores destacan Francisco Meneses Osorio y Sebastián Gómez ("El mulato"), quienes perpetuaron su estilo en las generaciones posteriores. La huella de Murillo en la pintura sevillana sería tan profunda que su influencia dominó buena parte del siglo XVIII.
Contexto: Sevilla en el siglo XVII
Cuando Murillo nació, Sevilla era aún una de las ciudades más ricas y pobladas de Europa gracias al monopolio comercial con América. Sin embargo, desde finales del siglo XVI y especialmente tras la gran epidemia de peste de 1649 —que diezmó la población a la mitad—, la ciudad comenzó un lento proceso de declive económico y demográfico. A pesar de ello, Sevilla mantenía un vibrante ambiente cultural y artístico, en el que Murillo pudo desarrollarse como uno de los más grandes exponentes de su tiempo.
Muerte
Bartolomé Esteban Murillo falleció en Sevilla el 3 de abril de 1682, tras sufrir un accidente mientras trabajaba en un encargo para los capuchinos de Cádiz. Dejó tras de sí una obra extensa, profundamente influyente y cargada de un ideal de belleza que sigue fascinando hasta nuestros días.

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