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sábado, 7 de febrero de 2026

La Guerra del Pacífico (1879-1884)



La Guerra del Pacífico, conocida también como Guerra del Salitre, fue mucho más que una disputa fronteriza sudamericana. 


Fue una guerra moderna por recursos estratégicos en el corazón del desierto más árido del mundo, un conflicto que re-definió para siempre el mapa político, la identidad nacional y el destino económico de tres naciones, mientras servía de escenario al capital imperial británico en su apogeo.


El conflicto estalló en 1879 tras años de tensiones acumuladas en la frontera entre Chile, Bolivia y Perú, en el desierto de Atacama. 


La causa inmediata fue una violación del tratado de 1874: Bolivia, presionada por su crisis fiscal, impuso un nuevo impuesto a la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, una empresa chilena con capital británico que explotaba los ricos yacimientos del litoral boliviano. 


Chile, alegando la ruptura del pacto, ocupó el puerto de Antofagasta en febrero de 1879. El casus belli, sin embargo, escondía causas más profundas. El valor astronómico del salitre (nitrato de sodio), un recurso vital para la agricultura mundial como fertilizante y para la industria bélica europea como componente de explosivos. 


El control de estos yacimientos, concentrados en territorios peruanos de Tarapacá y bolivianos de Antofagasta, era la verdadera apuesta.


La guerra se desarrolló en tres fases, marcadas por la superioridad naval chilena y su capacidad logística. En la Campaña Marítima, Chile neutralizó a la poderosa pero mal coordinada escuadra aliada, ganando el control del mar en el combate de Angamos (octubre de 1879), donde capturó al monitor peruano Huáscar y murió su héroe, el almirante Miguel Grau. 


Esta victoria permitió el desembarco de tropas chilenas y abrió la Campaña Terrestre. En el desierto, el ejército chileno, mejor equipado, disciplinado y financiado, derrotó a las fuerzas aliadas en una serie de batallas clave. 


Tacna (mayo de 1880) y Arica (junio de 1880), que sellaron la suerte de Bolivia, que prácticamente se retiró de la guerra. Con Perú ya solo, Chile lanzó la Campaña de Lima, tomando la capital peruana tras las batallas de Chorrillos y Miraflores en enero de 1881. La guerra entró entonces en una larga fase de resistencia peruana de guerrilla (montoneras) en la sierra, que se prolongó hasta 1884.


Los efectos territoriales y políticos fueron traumáticos y permanentes. El Tratado de Ancón (1883) con Perú y el Tratado de Paz con Bolivia (1884) consagraron la victoria chilena:


- Chile anexó permanentemente la provincia boliviana de Antofagasta y la provincia peruana de Tarapacá, convirtiéndose de la noche a la mañana en el monopolio mundial del salitre. 


Además, ocupó las provincias de Tacna y Arica (Tacna sería devuelta a Perú en 1929; Arica quedó en manos chilenas). Chile emergió como la potencia hegemónica del Pacífico sur, con una identidad nacional fortalecida por el triunfo militar.


- Bolivia perdió su litoral marítimo, su única salida soberana al océano Pacífico, junto con su principal recurso económico. Esta amputación geográfica condenó al país al enclaustramiento, una herida nacional perpetua que ha definido su política exterior, su psique colectiva y sus limitaciones de desarrollo hasta el día de hoy.


- Perú no solo perdió su provincia salitrera de Tarapacá, sino que sufrió la ocupación y saqueo de su capital, la destrucción de su economía y una crisis política e identitaria de la que tardaría décadas en recuperarse.


A nivel global, la guerra consolidó el papel del capital financiero británico como poder tras bastidores. 


La industria del salitre, antes en manos de capitales chilenos y peruanos, fue rápidamente absorbida por consorcios británicos como la Nitrate Railways Company y otros, que convirtieron a Chile en una "república del salitre", una economía de enclave cuyos ingresos dependían de la exportación de un único recurso controlado por intereses extranjeros. 


El salitre chileno alimentó la Revolución Agrícola europea y abasteció a los ejércitos del mundo hasta la invención del salitre sintético alemán (proceso Haber-Bosch) antes de la Primera Guerra Mundial. 


La guerra fue, así, un episodio clave en la integración de América del Sur en la economía mundial como proveedora de materias primas bajo control imperial indirecto.


El legado de la guerra es una sombra alargada sobre la historia contemporánea de la región. Para Chile, forjó un poderoso mito nacional de eficiencia, orden y triunfo, pero también una cultura militarista y una relación compleja con sus vecinos. 


La riqueza del salitre generó una breve edad dorada, pero también profundas desigualdades sociales y dependencia económica. Para Perú y Bolivia, el conflicto dejó un trauma histórico, un sentimiento de mutua recriminación y un nacionalismo defensivo. 


La cuestión marítima boliviana sigue siendo un tema de tensión diplomática constante. Internamente, la guerra precipitó en los tres países cambios políticos profundos: en Chile, el fortalecimiento del estado y las élites; en Perú, la crisis de la oligarquía y el surgimiento de nuevos actores; en Bolivia, la pérdida de legitimidad de la clase gobernante tradicional.


En conclusión, la Guerra del Pacífico fue la guerra de la globalización del siglo XIX en suelo sudamericano. Fue el primer conflicto moderno de la región, librado con acorazados, ferrocarriles y telégrafos, por el control de un recurso estratégico para la economía mundial. 


No fue solo una guerra entre naciones, sino un enfrentamiento donde los intereses del capital global (británico) fueron un factor decisivo invisible. 


Sus consecuencias dibujaron un nuevo mapa geopolítico, crearon identidades nacionales basadas en la derrota o la victoria, y ataron el destino de tres países a una geografía de despojo y a una economía de extracción que marcaría su desarrollo en el siglo XX. 


La guerra no terminó en 1884; sus ecos políticos, sus fronteras impuestas y su carga simbólica siguen vivos, un recordatorio de que los recursos del desierto pueden regar, con sangre, tanto la fortuna de unos como la desgracia secular de otros.





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