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domingo, 15 de febrero de 2026

La Guerra de los Ducados (1864)



La Guerra de los Ducados, también conocida como Segunda Guerra de Schleswig o Guerra Germano-Danesa, fue un conflicto militar que enfrentó entre febrero y octubre de 1864 al Imperio Austríaco y el Reino de Prusia contra Dinamarca. 


Su importancia trasciende el ámbito regional, pues constituyó el primer ensayo bélico del proceso de unificación alemana y la primera demostración de la maquinaria militar prusiana reformada, que culminaría con la creación del Imperio Alemán en 1871 .


Para comprender sus causas profundas, es necesario remontarse a la compleja "Cuestión de los Ducados" (Schleswig-Holsteinische Frage) , un laberinto jurídico y dinástico que el primer ministro británico Lord Palmerston resumió con ironía: 


"Solo tres personas han entendido nunca el asunto de Schleswig-Holstein: una murió, otra enloqueció, y yo, que soy la tercera, lo he olvidado". 


Los ducados de Schleswig y Holstein eran territorios soberanos vinculados a la corona danesa mediante unión personal: El rey de Dinamarca era también duque de ambos territorios


Sin embargo, presentaban diferencias cruciales. Holstein pertenecía a la Confederación Germánica y su población era mayoritariamente alemana, mientras que Schleswig, aunque con una mezcla poblacional, tenía mayoría danesa en el norte y alemana en el sur, y no formaba parte de la Confederación. 


Un principio ancestral, el Tratado de Ribe (1460) , establecía que ambos ducados "debían permanecer eternamente unidos" e inseparables.La cuestión sucesoria actuó como detonante. 


En Dinamarca regía la ley sucesoria que permitía la transmisión por línea femenina, mientras que en los ducados prevalecía la ley sálica, que excluía a las mujeres. 


Cuando en 1863 murió el rey Federico VII sin descendencia masculina, Cristián IX accedió al trono danés, pero su derecho a los ducados era cuestionado por el pretendiente alemán Federico de Augustenberg, apoyado por los nacionalistas germanos. 


La situación se precipitó cuando Cristián IX, presionado por los liberales daneses, firmó el 18 de noviembre de 1863 una nueva Constitución que integraba Schleswig en el reino danés, violando el Protocolo de Londres de 1852, que garantizaba la integridad de Dinamarca y la unión de los ducados .


Este acto proporcionó el pretexto perfecto que el canciller prusiano Otto von Bismarck estaba esperando. Bismarck, maestro de la Realpolitik, persuadió al emperador austríaco Francisco José I para una acción conjunta en nombre del Protocolo de Londres, presentando la intervención como una defensa del derecho internacional frente a la agresión danesa. 


Las potencias europeas Francia, Gran Bretaña y Rusia, distraídas por otros conflictos o renuentes a intervenir, permanecieron pasivas, permitiendo a las potencias germanas actuar sin interferencias.


El conflicto concluyó con la aplastante derrota danesa, formalizada en el Tratado de Viena el 30 de octubre de 1864, por el cual Dinamarca cedía Schleswig, Holstein y Lauenburgo a Prusia y Austria. 


Sin embargo, el acuerdo de reparto administrativo, la Convención de Gastein (agosto de 1865), estableció una solución precaria: Prusia administraría Schleswig y Austria Holstein. 


Esta partición geográficamente absurda Holstein quedaba separado de Austria y rodeado por territorio prusiano fue deliberadamente diseñada por Bismarck para generar fricciones que condujeran al siguiente paso: La guerra contra Austria en 1866 .


Perspectiva Militar y Estratégica: La Superioridad del Ejército Prusiano


La Guerra de los Ducados fue el banco de pruebas del nuevo ejército prusiano, reformado tras las debilidades mostradas en las revoluciones de 1848. Bajo la dirección del mariscal Helmuth von Moltke (Moltke el Viejo), las fuerzas prusianas demostraron una eficacia muy superior a la de sus adversarios y aliados.


El desarrollo del conflicto fue rápido y contundente. El 1 de febrero de 1864, las tropas austriacas y prusianas cruzaron el río Eider, frontera entre Holstein y Schleswig, iniciando la invasión. 


Los daneses, con un ejército de aproximadamente 38.000 hombres frente a los 61.000 de la alianza germana, opusieron una resistencia inicial en la posición fortificada de Dybbøl (Düppel). 


El asalto final del 18 de abril, con la infantería prusiana tomando las trincheras danesas en una carga masiva, se convirtió en el episodio emblemático de la guerra y en un trauma nacional danés. La posterior conquista de la isla de Als en junio selló la suerte de Dinamarca.


En el mar, la guerra tuvo un desarrollo peculiar. La armada danesa, muy superior a la incipiente flota prusiana, estableció un bloqueo efectivo sobre los puertos alemanes del Báltico y el Mar del Norte. 


La intervención de una escuadra austriaca enviada desde el Adriático culminó en la batalla de Heligoland (9 de mayo), un combate tácticamente indeciso pero que impidió a los daneses mantener el control absoluto de las aguas. Sin embargo, estas operaciones navales no afectaron el resultado terrestre del conflicto.


La guerra reveló elementos cruciales de la guerra moderna: La importancia de la movilización rápida mediante ferrocarril, la potencia del fusil de retrocarga (el fusil Dreyse prusiano, de aguja), que permitía una cadencia de fuego superior, y la planificación estratégica centralizada que Moltke estaba desarrollando. 


Los austriacos, que combatieron con un armamento inferior y tácticas anticuadas, no supieron interpretar estas lecciones, lo que les costaría caro en 1866 .


Perspectiva Política e Ideológica: Bismarck y la Construcción de la Hegemonía Prusiana


Políticamente, la Guerra de los Ducados fue una magistral operación de ingeniería diplomática concebida por Otto von Bismarck. Su objetivo no era simplemente "liberar" a los alemanes de los ducados, sino utilizar la cuestión para debilitar a Austria y avanzar hacia la unificación alemana bajo hegemonía prusiana .


Bismarck maniobró con extraordinaria habilidad en múltiples tableros:


1. Aisló a Dinamarca internacionalmente, asegurándose de que ninguna potencia acudiera en su auxilio.


2. Atrajo a Austria a una alianza que la comprometía en una guerra dinástica, en lugar de permitir que la Confederación Germánica (dominada por Austria) actuara en favor del pretendiente Augustenberg, que era la opción preferida por los nacionalistas liberales alemanes.


3. Mantuvo ambigüedad sobre el destino final de los ducados, evitando definirse sobre si serían anexionados por Prusia, entregados a Augustenberg o administrados conjuntamente.


Esta estrategia cumplía múltiples propósitos. En el plano interno alemán, Bismarck se presentaba como el defensor de los intereses germanos frente a Dinamarca, ganando popularidad entre los nacionalistas liberales que desconfiaban de su conservadurismo. 


En el plano exterior, demostraba que Prusia era el único Estado alemán con capacidad y voluntad para defender a las poblaciones germanas . 


En el plano de las relaciones con Austria, creaba las condiciones para el conflicto decisivo: una vez compartida la administración de los ducados, las fricciones serían inevitables y permitirían a Bismarck presentar a Austria como agresora o como obstáculo para la unidad alemana.


La Convención de Gastein (1865) fue la expresión perfecta de esta estrategia. Al asignar Holstein a Austria, Bismarck creaba una situación geográficamente insostenible (un territorio austriaco separado de Austria y rodeado por Prusia) y administrativamente conflictiva (las disputas sobre competencias serían permanentes). 


Cuando Austria, desesperada por las continuas provocaciones prusianas, llevó la cuestión ante la Dieta de la Confederación Germánica, Bismarck utilizó ese acto como casus belli para la Guerra de las Siete Semanas (1866).


Perspectiva Psicológica e Identitaria: El Trauma Danés y el Nacimiento del Irredentismo Alemán


Psicológicamente, la guerra tuvo impactos profundos y contrapuestos en las identidades nacionales de ambos bandos.


Para Dinamarca, la derrota constituyó un trauma nacional fundacional equiparable al que para España supuso 1898. Un país pequeño pero con una orgullosa tradición marítima y militar, que había resistido embates anteriores, fue aplastado en pocos meses por una potencia superior. 


La pérdida de Schleswig-Holstein implicó que aproximadamente 200.000 daneses quedaron bajo dominio alemán . La batalla de Dybbøl se convirtió en un símbolo de sacrificio y heroísmo inútil, grabado en la memoria colectiva a través de pinturas, canciones y conmemoraciones anuales. 


De esta experiencia surgió una política de neutralidad que Dinamarca mantendría durante la Primera Guerra Mundial, y un profundo resentimiento hacia Alemania que solo comenzaría a cicatrizar tras los plebiscitos de 1920, cuando el norte de Schleswig (Haderslev, Aabenraa, Sønderborg) votó su reincorporación a Dinamarca.


Para el nacionalismo alemán, la guerra fue una victoria movilizadora y unificadora. Por primera vez, dos potencias alemanas (Prusia y Austria) actuaban conjuntamente para "proteger" a poblaciones germanas, aunque fuera por motivos dinásticos y no nacionales. 


La guerra alimentó la percepción de que solo un Estado fuerte podía defender los intereses alemanes, y que Prusia era ese Estado. Los cantos patrióticos, la figura de Bismarck como estadista y las victorias militares alimentaron una ola de entusiasmo que los liberales nacionalistas, hasta entonces críticos con el autoritarismo prusiano, comenzaron a asociar con el proyecto bismarckiano.


La compleja identidad de los propios ducados quedó atrapada en este choque de nacionalismos. La población danesa del norte de Schleswig, que había resistido la germanización durante siglos, se encontró bajo administración prusiana primero y alemana después, en un conflicto de lealtades que solo se resolvería parcialmente en 1920. 


La minoría alemana en el sur de Schleswig, por su parte, celebró la incorporación al Reich, aunque bajo la forma de una anexión prusiana, no de una independencia como la que soñaban los nacionalistas liberales.


Perspectiva Social y Económica: El Coste Humano y la Transformación Territorial


Socialmente, la guerra fue breve pero intensa. Las bajas, aunque no comparables a las de conflictos posteriores, fueron significativas para la pequeña Dinamarca: alrededor de 1.500 muertos, 700 heridos y 3.550 prisioneros, frente a unos 1.700 bajas totales en el bando germano. Estos números representaban una sangría demográfica apreciable y, sobre todo, una pérdida de la flor y nata de la juventud danesa.


Económicamente, la guerra supuso para Dinamarca la pérdida de territorios económicamente integrados. Schleswig-Holstein no era solo una cuestión de prestigio nacional; era una región agrícola y ganadera importante, con ciudades como Flensburgo que mantenían intensos intercambios comerciales con el resto del reino. 


La separación forzó una re-orientación de la economía danesa hacia el interior y hacia el mercado británico, acelerando la transformación de la agricultura danesa hacia el modelo cooperativista y exportador que la caracterizaría.


Para Prusia, la guerra supuso una inyección de recursos territoriales y económicos. Los ducados, especialmente Holstein, eran regiones prósperas con una agricultura avanzada y una posición estratégica para el comercio báltico. Su incorporación (completa tras 1866) fortaleció la base territorial y económica del Estado prusiano en su camino hacia la hegemonía alemana.


La guerra también tuvo un impacto en las relaciones entre Prusia y Austria. La campaña conjunta, aunque victoriosa, reveló las profundas diferencias en capacidad militar y organización. 


Los austriacos combatieron con valor, pero su inferioridad técnica y táctica fue evidente para los observadores atentos . Esta percepción de debilidad alentó a Bismarck a precipitar el conflicto definitivo dos años después.


Perspectiva de Memoria y Legado: El Primer Paso hacia 1871


El legado de la Guerra de los Ducados es extraordinariamente significativo en la historia europea.


En primer lugar, fue el primer acto de las guerras de unificación alemana, el ensayo general de lo que vendría después. Sin la victoria de 1864, Prusia no habría obtenido la posición de fuerza ni los territorios que le permitieron desafiar a Austria en 1866 y a Francia en 1870. 


La guerra demostró la efectividad del ejército prusiano reformado, la genialidad estratégica de Moltke y la habilidad diplomática de Bismarck, consolidando al trío que lideraría el proceso unificador .


En segundo lugar, la guerra redefinió el mapa político de la región báltica. La frontera entre Dinamarca y Alemania, trazada en 1864 y parcialmente corregida en 1920, ha sido una de las más estables de Europa, y la convivencia entre las minorías danesa y alemana a ambos lados se ha convertido en un modelo de gestión de conflictos étnicos.


En tercer lugar, la guerra estableció un precedente sobre la ineficacia de la diplomacia sin respaldo militar. Las potencias europeas protestaron, enviaron notas diplomáticas y convocaron conferencias, pero ante la ausencia de voluntad de intervenir, sus palabras resultaron huecas. Bismarck aprendió la lección y actuó en consecuencia en las crisis posteriores.


En la memoria colectiva alemana, la guerra de 1864 quedó ensombrecida por las guerras mucho más grandes de 1866 y 1870-1871, pero ocupó un lugar como el comienzo virtuoso de la epopeya unificadora. 


En la memoria danesa, por el contrario, sigue siendo la herida fundacional, el momento en que Dinamarca dejó de ser una potencia media para convertirse en un pequeño Estado-nación, obligado a redefinir su identidad y su lugar en el mundo.


Hoy, los antiguos ducados constituyen el estado federado alemán de Schleswig-Holstein. La doble denominación del territorio Schleswig (danés) y Holstein (alemán) perpetúa en la toponimia la memoria de aquella unión compleja que ninguna guerra pudo deshacer del todo. 


Las minorías nacionales de ambos lados de la frontera, protegidas por acuerdos internacionales, recuerdan que las naciones no se construyen solo con victorias militares, sino también con el reconocimiento de la diversidad y el derecho a la diferencia.


Reflexión Final: La Guerra como Prólogo


La Guerra de los Ducados de 1864 es, en esencia, un conflicto que no puede entenderse por sí mismo, sino como prólogo. Fue la primera ficha de un dominó que llevaría a la Guerra Austro-Prusiana (1866), a la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) y a la proclamación del Imperio Alemán en Versalles. 


Pero fue también el último acto de una vieja Europa de dinastías y derechos feudales, donde un problema sucesorio en unos pequeños ducados podía desencadenar una guerra internacional.


Su significado profundo reside en haber revelado las nuevas reglas del juego europeo: La primacía del poder militar organizado, la irrelevancia de los compromisos internacionales sin respaldo, la capacidad de un estadista para manipular el nacionalismo en beneficio de su Estado, y la impotencia de los pequeños países frente a las nuevas potencias industriales y militares. 


Dinamarca aprendió la lección a un precio altísimo. Europa, en cambio, tardaría décadas en comprenderla, y pagaría ese desconocimiento con guerras aún más destructivas.


En el marco más amplio de la historia del siglo XIX, la Guerra de los Ducados representa la victoria de la Realpolitik sobre el derecho dinástico, del nacionalismo movilizador sobre el legitimismo tradicional, y del Estado moderno centralizado sobre las complejas estructuras feudales del Antiguo Régimen. 


Fue, en muchos sentidos, la primera guerra verdaderamente "moderna" del continente europeo, y sus consecuencias la unificación alemana, el desplazamiento del equilibrio de poder, la humillación de Dinamarca resonarían hasta 1914 y más allá.





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