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jueves, 5 de febrero de 2026

La Cicatriz Atmosférica de la Conquista ibérica



La profunda transformación socio-histórica desencadenada por la expansión colonial europea a partir de 1492 dejó una huella no solo en el tejido social y político de los continentes, sino también, de forma material e irreversible, en los sistemas físicos de la Tierra. 


La conquista y colonización del continente americano produjo una catástrofe demográfica de dimensiones civilizatorias. 


La viruela, junto con otros patógenos eurasiáticos, y la guerra sistemática, resultaron en la muerte de aproximadamente 50 millones de personas, lo que equivalió al colapso y, en muchos casos, la erradicación de sociedades complejas y sus estructuras de manejo territorial. 


Esta despoblación a gran escala, un evento de mortandad que alcanzó, según estimaciones, hasta tres cuartas partes de la población indígena, provocó el abandono masivo de tierras agrícolas gestionadas por milenios.


Paralelamente, para sustentar el proyecto económico colonial en las tierras "recientemente despobladas", se implantó el sistema de esclavitud transatlántica, que forzó la migración y muerte de millones de africanos, alterando dramáticamente las dinámicas poblacionales y el uso de la tierra en vastas regiones de África y las Américas.


Estos procesos socio-históricos interconectados, genocidio, desplazamiento forzado y reorganización extractivista de la economía mundial, tuvieron una consecuencia geofísica inadvertida. 


La regeneración de bosques en millones de hectáreas de tierras agrícolas abandonadas. La re-colonización vegetal, actuando como un sumidero de carbono a escala continental, absorbió suficiente dióxido de carbono de la atmósfera como para que, hacia 1610, las concentraciones de este gas de efecto invernadero cayeran en al menos siete partes por millón. 


Este fenómeno, registrado en el hielo, contribuyó al enfriamiento climático global conocido como la Pequeña Edad de Hielo. Así, la atmósfera terrestre incorporó en su composición química el legado de la muerte masiva y la esclavitud, marcando un punto de inflexión en la relación entre la historia humana y la historia del Sistema Tierra.


Basándose en este cambio drástico y global, los investigadores Simon Lewis (ecólogo) y Mark Maslin (geólogo) proponen que el año 1610 debería considerarse el inicio formal del Antropoceno, la época geológica dominada por la actividad humana. 


Denominan a este mínimo de CO₂ el "Pico de Orbis" (del latín mundo), simbolizando la globalización de la civilización tras 1492. 


Su argumento, publicado en Nature, sostiene que situar el Antropoceno en este momento resalta cómo el colonialismo, el comercio global y la búsqueda de ganancias comenzaron a conducir al planeta hacia un nuevo estado. "Somos una fuerza geológica de la naturaleza", afirman, "pero ese poder es reflexivo y puede usarse, retirarse o modificarse".


La propuesta compite con otros marcadores potenciales para el Antropoceno, como el inicio de la agricultura (hace unos 10.000 años), la Revolución Industrial (aumento de CO₂ por quema de carbón) o la "Gran Aceleración" post-1950, vinculada a los radionucleidos de las pruebas nucleares. 


Lewis y Maslin rechazan este último por no estar ligado a un "evento que cambiara el mundo" al menos no todavía, mientras que el Pico de Orbis refleja tanto un cambio climático (el nadir de CO₂) como la gran redistribución biótica (el intercambio colombino), un re-ordenamiento literal de la vida en el planeta.


La designación del Antropoceno, ya sea en 1610 o en otra fecha, trasciende el debate geológico. Representa un reconocimiento científico de que las acciones humanas, especialmente aquellas impulsadas por proyectos de dominio y extracción a escala global, han devenido en los principales motores del cambio ambiental planetario. 


Como señala Maslin, "Aceptar el Antropoceno revierte 500 años de descubrimientos científicos que han hecho a los humanos cada vez más insignificantes. Argumentamos que Homo sapiens es fundamental para el futuro del único lugar donde se sabe que existe vida". 


Así, la época propuesta nos confronta no solo con el poder de nuestra especie para alterar la Tierra, sino también con la profunda responsabilidad histórica y futura que conlleva ese poder, cuyas raíces se hunden en los traumáticos y transformadores encuentros coloniales del siglo XVI.





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