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domingo, 1 de febrero de 2026

La Batalla de Little Bighorn (1876)



Más que una batalla, Little Bighorn fue un choque de dos mundos en su momento de máxima tensión. La aplastante victoria de una alianza nativa sobre el emblemático 7º de Caballería de EE.UU. representó el canto del cisne de la soberanía indígena en las Grandes Llanuras, un triunfo tan fulgurante que aceleró, paradójicamente, la destrucción definitiva del modo de vida que pretendía preservar.


El contexto inmediato fue la violación sistemática del Tratado de Fort Laramie de 1868, que había garantizado a los Lakota (Sioux) las sagradas Colinas Negras como territorio no cedido. 


El descubrimiento de oro en 1874 desató una fiebre ilegal de colonos blancos, respaldada por el gobierno estadounidense, que exigió a los nativos concentrarse en reservas para enero de 1876. 


Ante la negativa de líderes como Sitting Bull (Tatanka Iyotanka) y Crazy Horse (Tasunka Witko), se desató una campaña militar punitiva. En junio de 1876, el ejército lanzó un ataque convergente de tres columnas sobre los valles del Powder, Rosebud y Bighorn, donde se había congregado el mayor campamento nativo de la historia, con entre 7.000 y 10.000 lakotas, cheyennes y arapahoes, incluyendo miles de guerreros.


La batalla del 25 de junio no fue un simple encuentro, sino un desastre táctico infligido por una inteligencia y un mando indígena superiores. El Teniente Coronel George Armstrong Custer, ansioso de gloria y subestimando groseramente al enemigo, dividió su ya superado regimiento en cuatro columnas de ataque. 


Ignorando informes de exploradores sobre el tamaño del campamento, lanzó un asalto frontal con unos 210 hombres del batallón que lideraba personalmente. Fue una trampa perfecta. 


Los guerreros de Crazy Horse, Gall y otros, respondiendo a la visión espiritual de resistencia de Sitting Bull, rodearon y aniquilaron a la fuerza de Custer en la colina que hoy lleva su nombre, en un combate que probablemente no duró más de una hora. Ni un solo soldado del batallón de Custer sobrevivió. Fue una derrota táctica total, la peor del ejército estadounidense en las Guerras Indias.


El impacto en la psique nacional estadounidense fue sísmico y se explotó hábilmente. La noticia, que llegó a la prensa justo cuando el país celebraba su Centenario, fue recibida con incredulidad y horror. 


Custer, un controvertido oficial con fama de temerario, fue inmediatamente transfigurado en un mártir heroico de la frontera. La prensa sensacionalista pintó la batalla no como una derrota militar, sino como una "masacre" de valientes americanos por hordas salvajes sedientas de sangre. 


Este relato, alimentado por el luto nacional y una narrativa expansionista de "Destino Manifiesto", sirvió como catalizador moral y político para una respuesta sin paliativos. La derrota justificó una campaña de guerra total que el público, previamente dividido, ahora apoyaba con fervor.


Las consecuencias para los pueblos nativos fueron catastróficas y definitivas. Lejos de ser un punto de inflexión hacia la victoria, Little Bighorn fue el preludio de su aniquilación final. La indignación nacional desató una represión implacable:


1. Respuesta militar total: El ejército fue reforzado masivamente. En los meses siguientes, la caballería persiguió a las bandas dispersas durante el crudo invierno, destruyendo sus campamentos, provisiones y medios de vida.


2. Fragmentación y rendición: La gran alianza se disolvió bajo la presión. Sitting Bull huyó a Canadá en 1877. Crazy Horse se rindió ese mismo año, solo para ser asesinado mientras estaba bajo custodia.


3. Confiscación de tierras y reclusión: En 1877, el Congreso arrebató las Colinas Negras a los Lakota, violando solemnemente el tratado. Para 1881, con la rendición de Sitting Bull, la resistencia organizada había cesado. 


Los pueblos de las llanuras fueron confinados en reservas empobrecidas, dependientes de raciones gubernamentales, un sistema diseñado para destruir su autonomía cultural y económica.


Little Bighorn se convirtió en un símbolo poderoso y polisémico, un espejo de dos narrativas nacionales enfrentadas.


- Para la América blanca, se erigió como el "Último Estándar" de Custer, un mito de sacrificio heroico que ennoblecía la conquista del Oeste y velaba su brutalidad. Este mito se perpetuó en el "Wild West Show", el cine y la literatura popular durante un siglo.


- Para los pueblos nativos americanos, se convirtió en el símbolo supremo de la resistencia, la dignidad y la habilidad militar en el momento de mayor unidad inter-tribal. 


No se celebra una derrota, sino el último acto de soberanía plena antes del cautiverio. En el siglo XX, el lugar de la batalla (hoy Little Bighorn Battlefield National Monument) se convirtió en un sitio de memoria y reclamo, donde los monumentos a los guerreros nativos se alzan junto a las lápidas de la caballería.


A nivel global, la batalla resonó como un episodio emblemático del colonialismo de asentamiento del siglo XIX. Fue estudiada por otros ejércitos imperiales y observada con fascinación por el público europeo, que veía en ella el drama épico (y a menudo romantizado) de lo "primitivo" contra lo "civilizado". 


Sin embargo, su verdadera lección universal es más sombría: Demostró que, en un conflicto asimétrico, incluso la victoria táctica más espectacular de un pueblo indígena puede precipitar su derrota estratégica final, cuando se enfrenta a una potencia industrial decidida a imponer su dominio demográfico, económico y militar.


En conclusión, Little Bighorn fue una victoria pírrica en el sentido más trágico. Fue el momento en que la flecha y el caballo alcanzaron su máxima efectividad, justo cuando se volvían obsoletos frente a la máquina industrial de guerra y la marea imparable de colonos. 


Marcó el fin de la frontera como un espacio de relativa autonomía nativa y el inicio de su sujeción definitiva. 


La batalla, por tanto, no es solo un evento militar, sino la encrucijada donde la historia viva de los pueblos de las llanuras chocó con la fuerza imparable del mito nacional estadounidense, un mito que necesitó de la muerte de Custer para justificar, y luego olvidar, la larga muerte de un mundo entero.





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