El Ensayo Revolucionario del Siglo XIX
La Comuna de París fue mucho más que un breve episodio de insurrección urbana. Surgida de la confluencia única entre la humillación nacional, la miseria material y las aspiraciones políticas de las clases populares, representó el primer intento de establecer un gobierno obrero en la historia moderna, dejando una huella indeleble en la imaginación revolucionaria mundial.
El contexto inmediato fue la catastrófica derrota francesa en la Guerra Franco-Prusiana. Tras el colapso del Segundo Imperio de Napoleón III en la batalla de Sedán, se proclamó una República defensiva en septiembre de 1870.
París, sometida a un brutal asedio prusiano de cuatro meses, sufrió hambre y bombardeos, mientras el gobierno provisional, dirigido por Adolphe Thiers, negociaba una paz humillante con Bismarck.
La chispa final se encendió cuando Thiers intentó desarmar a la Guardia Nacional de París, una milicia ciudadana que se había radicalizado durante el asedio.
El 18 de marzo de 1871, las tropas del gobierno fracasaron en su intento de retirar los cañones de Montmartre, fraternizaron con la población y Thiers ordenó la evacuación de todos los órganos del Estado a Versalles. París se quedó sola, gobernada por su propio pueblo.
Lo que siguió fueron 72 días de experimentación política radical. La Comuna, elegida por sufragio universal el 26 de marzo, fue un cuerpo plural donde coexistieron jacobinos, blanquistas, socialistas proudhonianos e internacionalistas.
Sus medidas, tomadas en medio de una guerra civil inminente, fueron extraordinarias: separó la Iglesia del Estado, estableció la educación laica y gratuita, abolió el trabajo nocturno en las panaderías, decretó la moratoria de alquileres y entregó las fábricas abandonadas por sus dueños a cooperativas obreras.
Quizás lo más significativo fue su estructura: funcionarios electos recibían el salario de un obrero cualificado y eran revocables en cualquier momento, el ejército permanente fue sustituido por la Guardia Nacional popular, y se priorizó la soberanía local y federal.
Fue, en esencia, un intento de destruir el Estado centralista y burocrático para reemplazarlo por una república democrática y social desde abajo.
La represión, conocida como la "Semana Sangrienta" (21-28 de mayo), fue de una brutalidad calculada. El ejército "versallés" de Thiers, con la connivencia tácita de los prusianos que aún rodeaban la ciudad, reconquistó París calle por calle.
No hubo piedad: se ejecutó a comuneros capturados en masa, incluyendo mujeres y adolescentes. Las cifras son espeluznantes: entre 10,000 y 20,000 asesinados durante y después de los combates, frente a menos de 1,000 bajas del lado gubernamental.
Unos 40,000 fueron arrestados y miles deportados a colonias penales. La violencia no fue solo militar, sino de clase; fue la burguesía francesa reafirmando su dominio sobre una capital obrera que se había atrevido a gobernarse a sí misma.
El efecto global de la Comuna trascendió con creces sus escasas diez semanas de existencia. Para Karl Marx, que la analizó en La Guerra Civil en Francia, fue el "glorioso advenimiento de una nueva sociedad" y la forma política descubierta "para la emancipación del trabajo".
Aunque criticó algunos de sus errores tácticos, vio en ella la materialización de la "dictadura del proletariado", un gobierno de clase que abolía el aparato represivo del Estado burgués.
Este análisis consagró a la Comuna como piedra angular de la tradición comunista. Para los anarquistas como Bakunin y luego Kropotkin, fue un ejemplo de revolución espontánea, federalista y anti-autoritaria, un modelo de auto-gestión comunal sin necesidad de un partido dirigente.
La memoria de la Comuna se convirtió en un símbolo sagrado y un manual práctico. Inspiró a los revolucionarios rusos: Lenin estudió sus decretos y, crucialmente, sus supuestos errores, como la falta de contundencia contra sus enemigos en la Banca y Versalles.
La consigna bolchevique de "¡Todo el poder a los sóviets!" era un eco directo del llamado al poder de la Comuna. Su derrota enseñó lecciones perdurables sobre la necesidad de una vanguardia organizada y la imposibilidad de coexistencia pacífica con el Estado burgués.
Cada año, el movimiento obrero internacional conmemoraba el Día del Trabajador el 1º de Mayo, fecha elegida en recuerdo de los Mártires de Chicago, pero también en la estela de la lucha de la Comuna.
Sin embargo, la Comuna también fue un profundo trauma nacional en Francia, que exacerbó la brecha entre la "Francia roja" de las ciudades y la "Francia azul" conservadora y rural.
Este conflicto latente resurgiría en la resistencia a la ocupación nazi, en Mayo del 68 y en la política francesa hasta hoy. En definitiva, la Comuna de París fue un laboratorio político efímero, un mito fundacional para la izquierda revolucionaria y una herida abierta en la historia moderna.
Demostró el potencial transformador de la acción popular directa y, al mismo tiempo, la ferocidad con la que el orden establecido defenderá sus privilegios. Su espíritu, el de un pueblo que osa tomar su destino en sus manos, sigue siendo, más de 150 años después, un faro y una advertencia.
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