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lunes, 8 de diciembre de 2025

La Ofensiva de Kerensky



La Ofensiva de Kerensky, desarrollada entre el 1 y el 19 de julio de 1917 en los frentes de Galitzia y Volinia, representa mucho más que una operación militar fallida. 


Es el momento de cataclísmico donde el proyecto liberal-moderado de la Revolución de Febrero colapsó bajo el peso de sus propias contradicciones, donde el ejército ruso dejó de existir como fuerza combativa coherente, y donde se crearon las condiciones exactas para el triunfo bolchevique de octubre. 


Esta ofensiva, lanzada por un gobierno provisional desesperado por legitimarse, consumió los últimos vestigios de disciplina y voluntad de lucha en el ejército, acelerando la implosión que llevaría a Rusia a salir de la guerra.


Desde la perspectiva militar operativa, la ofensiva fue un ejercicio de ilusiones políticas que ignoró crudamente la realidad del frente. 


El ministro de guerra Alexander Kerensky, impulsado más por imperativos políticos (demostrar compromiso con los Aliados, legitimar al gobierno provisional, contrarrestar la influencia bolchevique) que por consideraciones militares reales, ordenó una ofensiva masiva a pesar de la evidente descomposición del ejército. 


La preparación fue caótica: Los comités de soldados (soviets) debatían públicamente las órdenes, los oficiales carecían de autoridad real, y la disciplina se había evaporado. 


El ataque inicial del 1 de julio, dirigido por el general Brusílov (arquitecto de la exitosa ofensiva de 1916), logró avances limitados contra las desmoralizadas tropas austrohúngaras, pero colapsó completamente cuando las fuerzas alemanas del general von Bothmer contraatacaron el 19 de julio en Tarnopol, provocando una desbandada generalizada.


Estratégicamente, la ofensiva representó el último intento desesperado del gobierno provisional de mantener la alianza con las potencias occidentales y justificar su existencia. 


Kerensky, recorriendo el frente en automóvil abierto con gestos teatrales, intentaba revivir el espíritu patriótico de 1914, pero se enfrentaba a una realidad radicalmente diferente. 


Los soldados, influenciados por la propaganda bolchevique de "paz sin anexiones ni indemnizaciones", se negaban a avanzar, fusilaban a sus oficiales o simplemente desertaban en masa. 


La ofensiva demostró que el ejército ruso ya no era un instrumento de política estatal, sino un campo de batalla político donde las consignas revolucionarias habían reemplazado a las órdenes militares.


En el ámbito táctico, la ofensiva expuso la completa desintegración de la cadena de mando. Las innovaciones de Brusílov de 1916, que dependían de disciplina y coordinación, eran imposibles en un ejército donde los soldados celebraban asambleas para votar si obedecerían las órdenes de ataque. 


Los avances iniciales se lograron principalmente porque las tropas austrohúngaras, igualmente desmoralizadas y conscientes de las tensiones nacionalistas dentro del imperio, a menudo se retiraban sin luchar. 


Sin embargo, cuando las disciplinadas fuerzas alemanas contraatacaron, la resistencia rusa se evaporó. Regimientos enteros abandonaron sus posiciones, saquearon depósitos de suministros y lincharon a oficiales que intentaban restaurar el orden.


Humanamente, la debacle tuvo dimensiones apocalípticas. Las bajas rusas superaron los 60.000 hombres en apenas días, pero más significativa fue la desintegración completa de las unidades. Se estima que más de 2.000.000 de soldados desertaron entre julio y octubre de 1917, muchos simplemente regresando a sus aldeas para participar en la redistribución de tierras. 


El frente oriental, que había consumido millones de vidas desde 1914, dejó de existir como línea coherente, transformándose en una zona gris donde bandas armadas, desertores y poblaciones locales coexistían en un vacío de poder creciente.


Políticamente, la ofensiva fue un suicidio para el gobierno provisional. El fracaso militar destruyó la credibilidad de Kerensky y los socialistas moderados, mientras que la brutal represión de las manifestaciones antibélicas en Petrogrado durante las Jornadas de Julio alienó definitivamente a las masas urbanas. 


Los bolcheviques, aunque temporalmente forzados a la semiclandestinidad tras el intento de golpe de julio, emergieron como los únicos oponentes consistentes a la guerra, preparando el terreno para su toma del poder en octubre. 


La consigna "¡Todo el poder a los soviets!" ganó credibilidad cuando quedó claro que el gobierno provisional era incapaz de gobernar o de terminar la guerra.


Internacionalmente, el fracaso de la ofensiva convenció definitivamente a Alemania de que Rusia estaba fuera de la guerra como amenaza ofensiva, permitiendo la transferencia de divisiones cruciales al frente occidental para la ofensiva de primavera de 1918. 


Para los Aliados occidentales, el colapso ruso creó una crisis estratégica existencial: La perspectiva de tener que enfrentar a todo el poder militar alemán en el oeste sin el "rodillo oriental" que había absorbido tanto desgaste desde 1914.


En la memoria histórica, la Ofensiva de Kerensky ha sido eclipsada por los eventos revolucionarios que la rodearon, pero representa el momento preciso donde la guerra imperial se transformó en guerra civil. 


El ejército que se desintegró en Galitzia en julio de 1917 no sería reconstruido: lo que emergería después de octubre sería el embrión del Ejército Rojo, una fuerza radicalmente diferente en composición, motivación y objetivos.


Doctrinalmente, la ofensiva demostró el límite absoluto de lo que un ejército puede lograr cuando pierde su razón de ser. 


Los soldados rusos, inicialmente movilizados para defender la Santa Madre Rusia, no encontraban sentido en morir por un gobierno provisional que no podía ofrecerles ni paz ni tierra. Esta crisis de legitimidad sería estudiada por teóricos militares posteriores como ejemplo extremo de colapso moral en las fuerzas armadas.


La Ofensiva de Kerensky, en última instancia, representa la bancarrota final del esfuerzo bélico ruso y el triunfo de la política revolucionaria sobre la estrategia militar. 


En los campos de Galitzia, donde tres años antes los ejércitos zaristas habían librado batallas titánicas, un ejército fantasma realizó su última y trágica pantomima de guerra antes de disolverse en el caos revolucionario. 


Esta ofensiva no fracasó por deficiencias tácticas o logísticas, sino porque el contrato social que sostiene a cualquier ejército, la creencia de los soldados en la legitimidad y propósito de su sacrificio, se había roto irreversiblemente. 


En su colapso, anunció no solo el fin de la participación rusa en la Gran Guerra, sino el comienzo de una nueva y más terrible fase de conflicto: la guerra civil que moldearía el siglo XX.






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